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Rubalcaba se niega a cerrar el Guantánamo andaluz
La
cara oculta de Tarifa
Texto:
Eusebio Rojo
Fotos:
Andrés de la Peña y Carlos Serrano (de las fotos
submarinas)
Todo
el que va llegando por primera vez a Tarifa por la carretera que baja
desde la sierra que la separa de Algeciras hace la misma pregunta:
-¿Qué
es aquello? ¿Tarifa?
Allí
abajo, como una punta de flecha que entra en el mar y señala a
África, se ve una isla pequeña, casi pegada a tierra
firme. El acompañante responde:
-No,
eso es la Isla de Las Palomas, la isla más meridional de
Europa, la que marca donde acaba el Mediterráneo y empieza el
Atlántico. Está en término municipal de Tarifa y
está unida a ella por un corto tramo de carretera, pero la
verdad es que los tarifeños no la pisan desde hace décadas.
Este
diálogo parece inventado pero el que esto escribe lo ha vivido
tantas veces como amigos norteños o extranjeros han venido a
verle a estas tierras del Sur. La conversación sigue así:
-¿Podemos
ir a verla?
-No,
está prohibido. Durante muchos años fue un cuartel de
instrucción militar y allí sólo entraban los
soldaditos, o sus familias cuando había jura de bandera. Ahora
es una especie de cárcel en la que encierran a los extranjeros
que han entrado o viven en España sin permiso.
JOYA
DE LA NATURALEZA CONVERTIDA EN CELDA
La
isla de Las Palomas, una joya natural, un precioso tesoro del
paisaje, es hoy una enorme celda, un monumento antinatural y
antihumano. Una especie de San Quintín que las organizaciones
defensoras de los derechos humanos y pro inmigrantes llaman el
Guantánamo andaluz. Decenas de miles de africanos y algunos
asiáticos han pasado por sus barracones desde que, en 1999,
fuese abandonado por el Ejército y cedido al Ministerio de
Medio Ambiente. Era la época en que a las costas gaditanas
llegaban casi a diario centenares de africanos. Todos iban a parar
allí a la espera de ser puestos en libertad y con una orden de
expulsión, ser repatriados a sus países de origen, o
enviados a otros centros de reclusión. Su delito: venir a
buscar trabajo y una vida digna a este lado de la frontera que cerca
el supuesto paraíso europeo.
Aquellas
escenas de autobuses llenos de marroquíes, senegaleses o
cameruneses que entraban o salían de la isla se acabaron
cuando empezó a funcionar el Sistema Integral de Vigilancia
del Estrecho. La Guardia Civil vigila desde entonces con celo las
aguas del Estrecho gracias a sofisticados y potentes equipos de
cámaras y radares que detectan el más mínimo
movimiento en el mar. Los traficantes de seres humanos abrieron
entonces la ruta de Canarias, y en Tarifa y sus alrededores cesó
la llegada de personas en pateras.
El
centro de internamiento de Las Palomas, sin embargo, sigue
funcionando. La Guardia Civil es responsable de la vigilancia del
lugar y la Policía, de tramitar las expulsiones de los
inmigrantes. Allí acaban los que llegan en pateras a las
costas de Granada o Almería, los que la Policía detiene
por no tener permiso de residencia y no haber cumplido la orden de
expulsión dictada en una detención anterior, o los que
vienen desde otros centros, ya llenos a rebosar. Es el caso del
centro de Algeciras, una antigua cárcel en la que viven
hacinados y en pésimas condiciones trabajadores y trabajadoras
de numerosas nacionalidades. Su delito: trabajar, muchas veces
explotados por respetables españolitos, para poder ahorrar y
enviar dinero a sus familias.
CIERRE
INMEDIATO DEL CENTRO
Organizaciones
sociales y ecologistas celebraron el 15 de julio una concentración
ante la puerta de la fortificación de la isla de Las Palomas.
Exigían su cierre y su apertura al público para que los
ciudadanos disfruten de su belleza y sus valores naturales. Allí
estaban Algeciras Acoge, la Asociación Pro Derechos Humanos de
Andalucía y los grupos ecologistas Agaden, Verdemar y
Colectivo Ornitológico Cigüeña Negra. También
estaban el presidente del parque natural del Estrecho, dos concejales
de Tarifa, uno de IU y otro del PSOE -partidos que gobiernan el
municipio en coalición-, otra concejala de IU de Algeciras y
algunos sindicalistas.
Andrés
de la Peña, portavoz de la Asociación Pro Derechos
Humanos, leyó el comunicado de la protesta y exigió el
cierre inmediato del centro. Recordó que fue el Gobierno de
Aznar el que, en 2002, decidió hacer del cuartel militar un
centro de internamiento provisional. Pero lo provisional se eterniza.
El Ministerio del Interior no es el propietario, sino el inquilino y
se aferra a la isla como a una presa que no quiere soltar. A Acebes
lo sucedió Rubalcaba y ninguno ha hecho lo que debiera:
devolver la isla a su legítimo propietario: el pueblo de
Tarifa. Pero lo más curioso es que, si hay ilegales en toda
esta historia, no son las personas a las que no se les deja trabajar
y vivir en paz, sino las autoridades de Interior. Lo dice hasta un
sindicato policial. La Confederación Española de la
Policía afirma en un comunicado que “el Ministerio del
Interior está engañando a la opinión pública,
a la Cruz Roja, a la ciudadanía y a los funcionarios al
intentar ocultar la situación de este centro de internamiento
clandestino. Puede considerarse un centro al menos alegal o
directamente ilegal, ya que incluso el propio Fiscal General del
Estado reconoce en su memoria de 2007 que carece de normativa
reguladora ni orden ministerial que ordene su creación”.
Lo
mismo dice el Defensor del Pueblo. Inspectores de su oficina
visitaron la isla el 11 de junio y pusieron en cuestión lo
referente a la naturaleza jurídica de las instalaciones,
cuestión sobre la que esta institución prepara un nuevo
informe. También es cierto que el Defensor hizo una valoración
positiva del estado de las instalaciones porque en ellas una ONG
gaditana, de acuerdo con las autoridades, desarrolla iniciativas de
atención social que contribuyen a mejorar la convivencia y
hacer menos gravosas las condiciones de la privación de
libertad de los allí recluidos.
Claro
está que el Defensor del Pueblo no entra en la cuestión
central, la existencia misma de los centros de internamiento ni
valora la política de inmigración y extranjería
que practica el Gobierno de Zapatero. Sí lo hacen quienes se
manifestaron en la puerta de la fortaleza-isla: “Denunciamos la
injusticia que supone la privación de libertad a personas que
no han cometido delito, y cuya única falta es no contar con
una autorización administrativa para vivir en España;
personas que lo único que quieren es salir de la precariedad
económica que sufren en sus países y que,
habitualmente, como en esta zona muy bien es conocido, arriesgan su
vida para lograrlo”.
CÁRCEL
SIN TRANSPARENCIA NI REGLAMENTACIÓN
Los
centros de internamiento de extranjeros son instituciones sin
transparencia, sin una reglamentación que los regule, con
instalaciones obsoletas, como es el caso de Algeciras, o sin un
reconocimiento oficial, como ocurre con éste de Las Palomas.
Todo ello pone en duda la realidad de ese Estado de Derecho,
garantista y respetuoso con los derechos humanos del que presume el
Gobierno socialista cuando habla de España. Lo cierto es que
Zapatero comparte con Berlusconi o Sarkozy esa obsesión por el
control de los desplazamientos, esa perspectiva que ve las
migraciones como una lucha entre la invasión y la fortaleza.
Esa visión que avanza en toda Europa es la que está
relegando el respeto a derechos humanos básicos a un último
lugar. Prueba de ello es la conocida Directiva de la vergüenza,
que abre la posibilidad de tener a los trabajadores extranjeros
encerrados hasta 60 días, como así recoge el
anteproyecto de la nueva ley de extranjería que está en
preparación.
Y
a las razones políticas o humanitarias para pedir el cierre de
todos los centros de internamiento se suman, en el caso de la isla
tarifeña, otras razones de carácter ecológico,
histórico, cultural, o paisajístico. La isla de Las
Palomas es, desde 2003, parte integrante del parque natural del
Estrecho, una figura de protección legal que abarca toda una
franja litoral que va desde Algeciras hasta la antigua ciudad romana
de Bolonia, en Tarifa. Es, además, reserva de la biosfera,
según la UNESCO, y parte del parque transcontinental que
integra las zonas naturales protegidas en las provincias de Málaga
y Cádiz y en el Norte de Marruecos.
Javier
Gil, portavoz de Agaden, recordó en la concentración
del 15 de julio que son numerosos los científicos, ornitólogos
e investigadores que certifican la riqueza natural, la biodiversidad
de la isla de Las Palomas y sus alrededores: “Los fondos marinos
que rodean la isla son de una riqueza incalculable y de una belleza
extraordinaria. Aquí llegan las corrientes del Atlántico
con agua limpia y clara. Desde el faro se pueden ver a veces cetáceos
que atraviesan el Estrecho. Y en el cielo o posándose en los
acantilados, se observan numerosas aves migratorias que tienen en
esta isla el primer sitio para descansar cuando vienen volando desde
África, o el último para coger fuerzas cuando van a dar
el salto desde Europa” .
Éstas
son también poderosas razones para lo que exigen los
ecologistas. “Exigimos a Rubalcaba y a Saucedo, el gobernador de
Cádiz, el cierre inmediato del centro de internamiento. Y que
la isla se abra al público para un uso medioambiental regulado
del que puedan disfrutar todos los ciudadanos”, dijo Javier Gil.
Un
tarifeño que escuchaba las declaraciones del ecologista aportó
una razón igual de contundente: “Mi madre tiene 83 años
y nunca ha puesto sus pies en la isla”. Esto no puede ser. Hay que
seguir luchando para que esta mujer, sus hijos y sus nietos puedan
pasear, ver de cerca cómo rompe el mar sobre las rocas que
rodean la isla e imaginar, si quieren, que ya no hay fronteras que
vigilar ni personas que detener. En eso estamos.
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