Albert Farran Oriol, histórico dirigente comunista
Fallece a los 93 años, tras toda una vida de lucha
 
 
Andreu García Ribera 

  El pasado 3 de mayo falleció en Les Souquières, localidad cercana a Montpellier, Albert Farrán Oriol, a los 94 años de edad, dejando como huella una impresionante trayectoria de lucha antifascista, anticapitalista y militancia comunista de más de 75 años.
  Siendo un joven trabajador de la hostelería, participó el 23 de julio de 1936 en la constitución del PSUC, fruto de la fusión de la Federación Catalana del PSOE, la Unió Socialista de Catalunya de Joan Comorera, el Partit Comunista de Catalunya y el Partit Català Proletari. El Partido recién fundado se definió como “nacional y de clase”, de ideología marxista-leninista y se integró en la Internacional Comunista, que por primera vez en la historia admitió en su seno dos organizaciones comunistas pertenecientes a un mismo estado. La sede del partido se trasladó al Hotel Colón, requisado por la UGT, dada la connivencia de sus propietarios con los fascistas sublevados. Allí inició una intensa actividad política Albert Farrán, hasta que muy pronto se incorporó voluntario al frente. 
  Combatió el fascismo, siempre en primera línea de combate, los tres años de guerra, luchando en el frente de Extremadura, en Andalucía, en Teruel. Alcanzó el grado de Comisario Político de Batallón.
  En marzo de 1939 tuvo lugar la traición de Casado y la disolución del ejército republicano. Albert Farrán vivió esta dramático final en Valencia, donde el golpista Casado dirigió el 29 de marzo una alocución desde la radio, apelando a la tranquilidad y a que nadie opusiera resistencia a la entrada de los franquistas. A su lado, dictándole el discurso, estaba el jefe de la Falange en Valencia, Santamaría.
  Albert contempló la llegada a las calles de Valencia de la Bandera Valenciana de Falange, el Batallón Arapiles y el Tercer Tabor de Regulares. A su cabeza, los curas bendiciendo la sangrienta represión que se iniciaba y repartiendo pan blanco. En ese momento de pánico y desorientación, Albert tomó una decisión que probablemente le salvó la vida, no escuchó los cantos de sirena que hablaban del puerto de Alicante como zona internacionalmente protegida y desde la que podrían embarcarse todos los que quisieran. Albert decidió regresar a pie a Catalunya. Una peligrosa travesía, sin duda.
  En su andadura sorteó patrullas y controles. En los naranjos de Castellón tuvo un enfrentamiento armado, consiguiendo zafarse y dejando a un perseguidor privado del disfrute del Año de la Victoria. Una segunda decisión acertada le había permitido seguir con vida: no se deshizo de su pistola de oficial de la República.

TRAS LA GUERRA, LA RESISTENCIA

  Así, caminando de noche y escondido de día, pudo atravesar el Ebro. En Vila Franca del Penedés permaneció amagado unas semanas en un pajar propiedad de un familiar. Allí se enteró de que los falangistas habían ido a buscarlo a su casa en Capellades. Hombre joven y enamorado, adoptó una decisión peligrosa y se adentró en El Soleras (pueblo de Lleida) para recoger a su compañera Mónica Pinyol. Juntos cruzaron los Pirineos, llegando a Francia el 1 de septiembre de 1939, el mismo día que había estallado la Segunda Guerra Mundial. Un campesino les comunicó la noticia: “Habéis salido de la sartén y habéis entrado en el fuego”. 
  No le faltó la razón. A disposición de los gendarmes, Mónica y Albert fueron confinados en los campos de concentración de Saint- Cyprien y Argèles Sur Mer. Gracias a sus orígenes payeses consiguió salir del campo para trabajar en una granja. Más tarde trabajó como mano de obra forzada en una fábrica, consiguiendo reunirse con Mónica, y comenzó su colaboración clandestina con la Resistencia. A un lado o al otro de los Pirineos, una misma lucha contra el nazi-fascismo.
  Participó en la entrada de unidades guerrilleras por el Valle de Arán. Nunca entendió la precipitación con la cual se realizó la operación militar, ni la falta de pertrechos, ni la ausencia de puntos de apoyo y de una dirección estratégica. Con los años, le acechó la idea de una mano negra encargada de desbaratar un proyecto que tenía posibilidades de éxito, en un momento histórico en que el sur de Francia estaba controlado por la guerrilla de la Resistencia, con una fuerte presencia comunista española.   
  Exiliado en Francia, Albert y Mónica trabajaron en París, prosiguiendo la militancia comunista. La política de reconciliación nacional, la desideologización, el interclasismo y el antisovietismo de la dirección eurocomunista del PCE forzaron a Albert Farrán a la ruptura con el carrillismo y a participar en la fundación del PCOE, dirigido por Enrique Líster. Albert fue elegido primer secretario general del Partit Comunista Obrer de Catalunya.
   Siempre habló con orgullo de su participación en dos congresos constituyentes importantes dentro de la historia del movimiento comunista, el del PSUC en 1936 y el del PCOE en 1973. Aún participó como delegado en octubre del año 2000, con 82 años cumplidos, en el Congreso de Unidad entre el PCOE y el PCPE, partido del que fue militante hasta el último día de su vida.
  He tenido la oportunidad de hacerle a Albert dos entrevistas, una para “Motivos de Actualidad”, hace 15 años, y otra que se publicó en “El Otro País”. También colaboró en este periódico con algunos artículos que ponían de manifiesto que el transcurso del tiempo jamás cercenó su entusiasmo ni su lucidez.

ENTUSIASMO REVOLUCIONARIO HASTA EL FINAL
  Nunca renunció a la transformación revolucionaria de la injusta sociedad capitalista. La última vez que estuve con él fue en octubre del año pasado, en su casa del Midi, y era impresionante la lucidez que mantenía en sus análisis y el entusiasmo que manifestaba por los cambios políticos en América Latina. A través de la antena parabólica, seguía día a día la información de la televisión cubana y de la venezolana Tele Sur.
 Las cenizas de Albert han sido depositadas al pie de una centenaria olivera en El Soleras, junto a su compañera Mónica. En la misma tierra en la que hace 73 años iniciaron el camino del exilio. Una historia que siempre va unida en mi memoria a un poema del poeta exiliado catalán Pere Quart (Joan Oliver), musicado por Lluis Llach, “Corrandes d’éxili” (canciones del exilio).
 

 
“Una nit de lluna plena
tramuntàrem la carena,
lentamente, sense dir re…
si la lluna feia el ple
també el féu la Nostra pena.

A Catalunya deixí
el dia de ma partida
mitja vida condormida:
l’altra meitat vingué amb mi
per no deixar-me sens vida.

Avui en terres de França
i demà més lluny potser,
no em moriré d’anyorança
ans d’enyorança viuré.
 
“Una noche de luna llena
cruzamos la sierra
lentamente, sin decir nada…
Si la luna hacia el pleno
también lo hizo nuestra pena.

En Cataluña dejé
el día de mi partida
media vida adormecida:
la otra mitad vino conmigo
para no dejarme sin vida.

Hoy en tierras de Francia
y mañana más lejos quizás,
no me moriré de añoranza
sino que de añoranza viviré.