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UNA CATALUÑA INDEPENDIENTE JAMÁS SERÁ INTERVENIDA POR EL EJÉRCITO ESPAÑOL (Nº 62) PDF Imprimir E-Mail

Coronel Amadeo Martínez Inglésmartinez_ingles.jpg

    A pesar de las alharacas que en los días de elecciones y tomas de posturas sociales y políticas recorren este país sumido en la mayor crisis económica, financiera, política e institucional de su historia, el pueblo catalán (y el español también, que ama la paz, la libertad y la democracia) puede estar tranquilo. Por mucho que amague con una hipotética intervención por vía de la fuerza algún que otro ultra y lenguaraz eurodiputado del PP; por mucho que saquen a relucir la obsoleta Constitución del 78 (redactada en su día, ¡ojo!, al dictado de los antiguos prebostes castrenses franquistas) algunos vejetes militares retirados de idiosincrasia fascista y currículo de maestro armero (con todos mis respetos para tan voluntariosos profesionales de la milicia); por muchas “pasadas” que realicen al amanecer y en el curso de hipotéticas tareas de adiestramiento esas antiguallas voladoras (aviones F-18 del Ejército del aire español, con más de cuarenta años de servicio en sus alerones) que se han dedicado a traspasar la “barrera del ruido” sobre campos y pueblos catalanes; por mucho que algún que otro ex presidente del Gobierno español, componente de aquél perverso “Trío de Las Azores” y coinvasor de Irak en marzo de 2003 (acción militar ilegal que se ha saldado con más de 100.000 víctimas civiles y casi otras tantas militares), se dedique a pontificar en su feudo cavernícola de las ideas y a insultar a medio país… no existe la más mínima posibilidad (repito, ni la más mínima) de que las Fuerzas Armadas españolas inicien (ni en el corto, ni en el medio, ni en el largo plazo) cualquier tipo de acción militar en fuerza contra objetivos estratégicos, tácticos, logísticos, políticos o sociales radicados en Cataluña, como consecuencia de su eventual separación política (realizada, por supuesto, en paz y con arreglo a las normas democráticas y del Estado de derecho) del resto del Estado español.
    
  Así de claro, así de rotundo y así de sencillo. Y ello por variadas y evidentes razones de las que paso a reseñar las más importantes:
 
EL REY TENDRÍA QUE ESTAR AL FRENTE
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    1ª.-  Según el artículo 63.3 de la Constitución Española del 78, todavía en vigor, le correspondería al rey de España, Juan Carlos I, como comandante en jefe de las FAS y previa autorización de las Cortes Generales, el ordenar una acción militar de esa naturaleza que, evidentemente, debería planificarse y ejecutarse dentro del marco jurídico bélico de una previa declaración de guerra contra el nuevo Estado catalán surgido democráticamente de la voluntad popular mayoritaria de su pueblo. Y en el caso de pretender realizar la acción punitiva antes de que ese nuevo Estado estuviera constituido o el Gobierno español no lo reconociera y le negara existencia “de jure”, debería procederse previamente a declarar el estado de sitio en todo el país ya que sin esa apoyatura legal, que asimismo debería refrendar la Unión Europea, porque a día de hoy es impensable una actuación de estas características en un Estado miembro de la UE, el Ejército español, sus máximos responsables y, por ende, el Gobierno de la nación, podrían ser acusados de delitos de lesa humanidad y genocidio ante el Tribunal Penal Internacional si, como es harto probable, se derivaban de la misma víctimas civiles.
    .-  Es totalmente impensable a día de hoy que, salvo locura colectiva sobrevenida, tanto el jefe del Estado actual como el presidente del Gobierno, el Ejecutivo en pleno y las Cortes Españolas se avinieran a dar carta de naturaleza legal a un sinsentido democrático de tal naturaleza que enseguida sería rechazado de plano, tanto por la UE como por USA, la ONU y prácticamente la totalidad de países civilizados.
    .-  Sinsentido que, con toda seguridad, también sería cuestionado y rechazado por la cúpula militar española al completo, pues, caso de avenirse a ejecutar tamaño desafuero contra el indefenso pueblo catalán, la larga sombra de la justicia internacional, en unos delitos que nunca prescriben, les alcanzaría a ellos con toda su dureza.
    4ª.-  Pero es que, además, de no negarse en redondo los altos mandos militares a cumplir esa hipotética y demencial orden contra el pueblo, serían con toda seguridad los mandos intermedios de las Fuerzas Armadas (jefes de Brigada y Agrupaciones Tácticas, preferentemente) los que se negarían a cumplirla basándose con toda razón en su ilegalidad manifiesta.
    .- Pero es que, aún en el increíble supuesto de que una orden como esa llegara por fin a las unidades operativas básicas (Batallones y Compañías), serían los propios soldados los que se abstendrían de ejecutarla  por motivos similares a los de sus superiores en el escalafón.
    6.-  Pero hay más, mucho más. Las Fuerzas Armadas españolas, en estos momentos, no están suficientemente preparadas, ni disponen de los medios materiales, ni del armamento, ni de los soldados operativos, ni del dinero, ni de la logística, ni de la moral, ni del espíritu nacional… necesarios para acometer, ni de lejos, una operación tendente a someter, ocupar y controlar un territorio de la magnitud, la extensión y la demografía de la actual Cataluña. Algo que, como digo (y, modestia aparte, el que esto escribe ha sido profesor de Estrategia con muchos años de estudio, mando de Unidades Paracaidistas, en posesión de tres diplomas de Estado Mayor y con experiencia de guerra en su juventud), se sale totalmente de las posibilidades reales de unas Fuerzas Armadas sumamente modestas (y hasta se podría decir, bajo mínimos) como las actuales españolas. Fuera, claro está, de un hipotético, muy limitado y descerebrado (por parte del Gobierno español, claro) castigo puntual a cargo de determinadas unidades de los, por otra parte, anticuados Ejércitos de Mar y Aire.                  

DESCOMPOSICIÓN POLÍTICA

  En resumen, amigos, al Gobierno del señor Rajoy, soflamas y mítines electorales al margen, solo le queda el camino del diálogo, la negociación y la aceptación total y cuanto antes de la realidad objetiva que nos rodea, si no quiere que la nave del Estado se le hunda definitivamente. El país lleva ya cinco años desangrándose por sus costuras económicas y sociales y no puede continuar mucho tiempo más en la dinámica de descomposición política que inició el 11 de septiembre pasado, continuó el domingo 21 de octubre con las elecciones vascas y, con toda seguridad, alcanzó su clímax el 25 de noviembre con las autonómicas catalanas.
  La única solución plausible que se vislumbra por el horizonte, llegados al punto de no retorno en el que nos encontramos los españoles es, como digo, el de la tarradellas_zarza.jpgnegociación urgente del Ejecutivo del señor Rajoy con los poderes políticos emergentes de las elecciones vascas y catalanas y con las fuerzas políticas mayoritarias del resto del Estado español para tratar de construir, cuanto antes, un nuevo edificio político común, una nueva ilusión política sumamente descentralizada y moderna que pueda ser aceptable para unas nacionalidades, unos pueblos, unas sociedades avanzadas y democráticas que hasta hace muy poco tiempo, mal que bien, convivían en la España del pasado pero que ahora, aprovechándose sin duda (algo, en principio legítimo) de un favorable meandro de la historia, han decidido vivir solos. Lo solos que puedan y quieran en la Europa Unida que nos acoge a casi todos los europeos y en el mundo globalizado que está más allá.
  Y este edificio común para todos los españoles solo puede conformarse, a principios de la segunda década del siglo XXI y con los retos que tenemos por delante, como una Confederación de Estados soberanos ibéricos, es decir como una unión solidaria de naciones plurales, diferentes, con su historia, su lengua y sus costumbres, radicadas en la Península Ibérica, que, voluntariamente y sin presiones de ningún tipo, decidan asociarse para disfrutar de una mejor relación entre sus pueblos, comerciar entre ellas, ayudarse mutuamente, defenderse en común y propiciar todas juntas, desde el respeto mutuo y la consideración más exquisita, una mejor existencia para todos sus ciudadanos.
  Si España, en esta encrucijada de su historia, no es capaz de hacer algo parecido a esto, nuestro porvenir como ciudadanos va a resultar asaz amargo, amigos compatriotas. Por delante solo nos quedarán dos caminos: la implosión política pura y dura (o involución a través de cualquier nueva dictadura de corte neofascista) o la explosión incontrolada, también política, pura y dura, pero que nos reducirá, en sentido contrario, a un nuevo mosaico de pequeñas repúblicas de taifas enemistadas y hasta beligerantes entre sí. Elijamos y obliguemos a negociar y elegir lo mejor posible a nuestros torpes dirigentes políticos.
 
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