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Boxeo y resistencia en la prisión (nº 60) PDF Imprimir E-Mail
HIGINIO ROBERTO CALAMITA

  (A Rafael Flores, compañero de prisión y de sueños, hermano mayor y maestro)

  Hacer gimnasia era una de las actividades prohibidas por el reglamento del penal, pero no teníamos ninguna intención de abandonar a la pereza nuestros músculos. El espacio era muy reducido, por lo que resultaba obligatorio hacerla uno a la vez, especialmente el precalentamiento, la “carrera”. Por años la había hecho saltando, levantando las rodillas a veces hasta golpear el pecho.

  No se si fue con el Rafa o si ya lo había descubierto con el Nachi que se podía correr lanzándose hacia adelante casi como queriéndose estrellar contra la pared del fondo. Dos o tres pasos largos, tomando de ese modo una velocidad importante que había que neutralizar luego apoyando las manos y amortiguando con los brazos. Como en una piscina, se trataba de usar la fuerza del rebote para girarse y partir con otras dos o tres zancadas hacia el ángulo de pared a la izquierda de la puerta. Además del trabajo muscular, se ejercitaban todos los reflejos, la coordinación y por último se lograba sudar y cansarse para poder dormir mejor a la noche.  
  Daba casi miedo ver con cuánta fuerza el Rafa se lanzaba hacia la pared, pero aun así no lograba desahogarse. Ya el hecho de haber entendido el problema me hizo sentir satisfecho, pero me sentí aun mejor cuando readapté una vieja metodología de la época de estudiante cuando nos juntábamos a preparar los exámenes estudiando en equipo, en el departamento del fondo de la casa de un compañero, en el cual había vivido su pobre abuelo fallecido. Sobre un viejo ropero a dos puertas, había un colchón enrollado, Después de un cierto tiempo de estudio, la atención bajaba y entonces se hacía un poco de gimnasia, diez flexiones, fumábamos un cigarrillo y por lo general comenzaba yo con dar fastidios a los demás hasta obtener la ruptura de la disciplina y soportar alegremente una finta golpiza que más que dolor causaba mucha risa. Escudándome con el colchón, teniéndolo a la altura de mi cuerpo, era divertido sacar la lengua y hacer todo tipo de gestos a los otros, que al fin se desencadenaban con toda la fuerza de sus puños contra el colchón enrollado.
  Hacíamos de bolsa a turno y pensé, la primera vez, de pasarla tranquilo. En cambio sucedía que los golpes del Rafa eran tan potentes que me sacudían a mí y al colchón, juntos contra la pared del fondo de la celda contra la cual yo apuntalaba una de mis piernas. Si hasta daba miedo estar tan cerca del fuego que salía de su nariz alargada y quien sabe cuáles terribles imágenes se dibujaban sobre la superficie del colchón, cuantos recuerdos de compañeros muertos y torturados perdidos durante el camino, en la cárcel de Córdoba, en manos de efectivos del Ejército. Imágenes brutales que había reconstruido en mi mente con los relatos del “Yuyo”, el “Chuchito”, la “Tanqueta”, el “Cabaio”, el “Mate’e plata” y tantos compañeros más.
  Para las clases de boxeo, nos envolvíamos las manos con toallas para dar la idea del guante y por si acaso partiese un golpe sin control.

- Vos dale con todo que yo te atajo, me decía el Rafa y así sucedía. Me lanzaba yo con toda la potencia y velocidad posibles y aún así parecía que me estaba esperando y me esquivaba sin problemas. En cambio él medía bien sus tiros para evitar de golpearme.  

  El resultado era que también en esta actividad no lograba desahogarse.
En cuanto a mí, logré aprender y al fin tener un buen estado físico. Había momentos en que, cansado, hubiese querido abandonar la sesión, pero no. El Rafa se venía encima y me decía:   

-Dale, no aflojes. ¡Dale! ¡Dale!

  Y como una máquina infernal me acorralaba contra la pared. Yo ya no tenía ni fuerzas, ni aire, ni piernas, ni nada, pero debía seguir con la defensa alzada y tratando de responder cada tanto para mantener la distancia. Había aprendido bien la técnica del gancho y también el directo lanzado desde el pie trasero pasando por el torso, el hombro y por fin el puño. Tratando al mismo tiempo de esquivar al adversario. Esta era una cosa que me gustaba, la del esquive, pues me hacia acordar a las peleas vistas en casa junto a mi padre, que era un admirador del peso liviano Nicolino Loche, alias “El intocable”. Un genio, capaz de bajar la guardia, apoyar los guantes sobre sus rodillas y, agazapado frente al adversario enloquecido por la provocación, poner la cara, y con el solo juego de cintura esquivar la infinidad de golpes dados al vacío por su desafiante. Ha sido uno de los pocos, junto al grande Mohamed Ali, que hicieron del pugilato un deporte y no un circo sanguinario de gladiadores romanos.   
  Hasta que sucedió lo imprevisible. Como siempre es el exceso de seguridad el que te hace caer en la trampa. Las clases de boxeo se sucedían con cierta regularidad y el Rafa parecía divertirse. Yo comenzaba a preocuparme por el aumento del ritmo pero no podía negarme a continuar. Era un entrenamiento casi profesional y además sentía que estaba aprendiendo algo verdaderamente útil, ya sea para mi físico pero más importante aún para mi psique, en el sentido que aquellas lecciones de box cambiaron algo dentro de mí, que en toda mi vida no había ni siquiera probado a dar un sopapo a otro hombre. La falta de calle me impedía tener conciencia de mi capacidad de defensa o de ofensa.
  Otra de las cosas que se obtienen en un entrenamiento son los reflejos. Uno advierte que ha adquirido buenos reflejos solo un momento después de haber disparado su propio potencial y entonces un cierto sentido de satisfacción y una sonrisa certifican la meta alcanzada.
En mi caso, en cambio, me lleve un gran susto. Estábamos en un intercambio que más que intercambio eran ráfagas de golpes medidos del Rafa quien, como siempre, me llevaba hasta el límite de mis fuerzas. Me di cuenta que ya no estaba tan desesperado como en las primeras clases y que me quedaba tiempo para pensar, para estudiar la situación. Ya no medía cuánto espacio me quedaba para retroceder hacia el fondo, como si para salir corriendo bastasen unos pocos centímetros, sino que buscaba la salida hacia adelante. En ese instante, cuando vi el directo que venía hacia mi cara, esquivé el tiro, pero dejé que mi derecha partiese como por cuenta suya, en la misma trayectoria en que la mandíbula del Rafa se lanzaba hacia adelante y ¡crash!
El Rafa se paró llevándose las manos a la cara, medio boleado y serio me dijo:

- ¡Estás aprendiendo!

  El boxeo, al igual que la gimnasia, eran para el Rafa un paseo. Se notaba en su cara que no llegaba a desintoxicarse del encierro. Por eso que me sentí tan bien cuando comenzamos con la bolsa-colchón. Después de descargar toda su fuerza, reía y no dejaba de repetir:

- ¡Fantástico!

  Como seres humanos no nos es dado de penetrar en los laberintos emotivos e intelectuales de otra persona. Pero si uno logra aunque sea aproximadamente, medir la cantidad de energía potencial que corre por las venas del otro y, como en este caso llegar a medirla con un simple ejercicio físico, te sientes con los pies enraizados en la tierra pero con las hojas y ramas altas cerca del sol.
  No solo lo había entendido sino que además había encontrado un medio de desahogo.
 
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