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“Prefiero el cariño de ocho millones de cubanos” (nº 63) PDF Imprimir E-Mail
Pequeño homenaje a Teófilo Stevenson, el púgil que rechazó las grandes bolsas en dólares
 
ALFREDO GRIMALDOS

  Un gancho cronométrico que se incrustó en la zona del hígado, al minuto y medio del tercer asalto, envió a la lona al norteamericano Duane Bobick, ante el asombro de miles de aficionados que colmaban la sala de boxeo del Parque Olímpico, donde se efectuaban los cuartos de finales del pugilismo de la Olimpiada de Munich, en 1972”. Así comienza su libro “Teófilo Stevenson. Grande entre los grandes”, del periodista cubano Manolo Cabalé Ruiz. El extraordinario boxeador, uno de los deportistas más importantes de la historia de Cuba, falleció a los 60 años, el pasado 11 de junio, a consecuencia de un problema cardíaco.
  Los Juegos Olímpicos de Munich establecieron el inicio del dominio cubano en el boxeo amateur de las siguientes décadas, cosechando tres medallas de oro (las primeras de su historia), una de plata y una de bronce. Aquellos juegos también entronizaron a Stevenson, a sus veinte años, como el principal boxeador aficionado del peso pesado en el mundo.stevenson.jpg
Cassius Clay se había alzado con la medalla de oro de los semipesados en Roma (1962) y Joe Frazier y George Foreman con las de los pesados, en la olimpíadas de Tokio (1966) y México (1970), respectivamente.
  Con su contundente victoria en Munich ante “la gran esperanza blanca” de los pesos pesados, Stevenson inició el camino hacia su primera medalla de oro olímpica y su consagración internacional. Posteriormente volvería a alzarse con dos metales dorados más en las citas de Montreal (1976) y Moscú (1980). El boicot de los países socialistas a las olimpiadas de Los Ángeles (1984) le privó de la posibilidad de conseguir una cuarta medalla, récord inédito hasta ahora. Antes que Teófilo, solo el boxeador húngaro Laszlo Papp había conseguido alzarse con tres medallas de oro en otras tantas citas olímpicas y, más recientemente, ha repetido la gesta el también cubano y peso pesado Félix Savón.
  Además, Stevenson fue campeón del mundo amateur del peso pesado en 1974, 1978 y 1986. También cosechó infinidad de victorias en los juegos Panamericanos.
El demoledor directo de derecha de Stevenson y su magnífico juego de piernas le permitieron cuajar un palmarés de 301 victorias en 321 combates, la mayoría de ellas por KO. Dejó de calzarse los guantes en 1988, para comenzar a trabajar en la Federación Cubana de Boxeo.
Sobre el ring, derrotó de forma clara a varios boxeadores norteamericanos que, más tarde, llegarían a ser primeras figuras en el campo profesional. Tras Bobick, fueron cayendo, en posteriores citas olímpicas, “Dinamita” Dokes, que se alzaría con el título de campeón mundial, o Tyrrell Biggs, un buen estilista a quien años después tumbaría Mike Tyson.
  La calidad boxística de Teófilo no pasó desapercibida, desde el primer momento, para los grandes capos del boxeo norteamericano. Según Stevenson, la primera vez que le sugirieron desertar del equipo cubano y pasar al profesionalismo fue durante los Juegos de Munich. Otro día recibió una llamada telefónica de uno de sus compañeros del equipo olímpico cubano, quien le dijo que un estadounidense se le había aproximado con la oferta de darle a Stevenson un millón de dólares por pelear con el entonces campeón mundial de los pesos pesados del boxeo profesional, Joe Frazier, en su primera pelea profesional. Durante la primera mitad de los setenta brillaban en el panorama de los pesos pesados profesionales nada menos que Alí, Foreman y Frazier. Las ofertas de ese tipo le continuaron llegando hasta casi el final de su carrera.
Tuve el privilegio de conocer personalmente a Teófilo Stevenson en agosto de 1988, en La Habana. El día 8 de ese mes había fallecido el viejo campeón del mundo Kid Chocolate y, para rendirle homenaje, se organizó una velada de boxeo, con doce combates de tres asaltos, en el polideportivo Ponce Carrasco. Teófilo presidía la mesa de los jueces. Al terminar la velada, mientras compartíamos una botella de ron, le pregunté si, en el fondo, no le habría gustado medirse con Alí o Frazier. Con su talante afable y cariñoso, me contestó que, como deportista, sí, pero no en el terreno del boxeo profesional norteamericano. Se ratificó en lo que había dicho en numerosas ocasiones: “Prefiero el cariño de ocho millones de cubanos. No cambiaría mi pedazo de Cuba ni por todo el dinero que me puedan ofrecer”.
 
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