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Al camarada Alfredo Mora, un comunista real (Nº 60) PDF Imprimir E-Mail

EDUARDO ANDRADAS

  Para quienes le conocimos, Alfredo será siempre nuestro camarada, que le daba tan bien al verso como a la pipa, un saludable del PCE, un hombre honrado y sincero de esos de donde nace la palma, que ratificaría José Martí. Para quien no le trato, un militante honesto del Partido Comunista pre Santiago Carrillo, de Dolores Ibarruri, con apariencia de afiliado al Partido Comunista Francés de Georges Marcháis, fino, elegante, docto y educado. De los vivientes del Partido, de la España aburrida y carcelaria de los años cincuenta, de los Vázquez Montalbán,  Daniel Lacalle o Manolo Ballestero. Los duros y teóricos del fin filosófico de la dictadura de Franco Bahamonde y su reino de Falange de las Jons.
  En 1957, casi camino de Paris, se puso un carnet del PCE que no soltó jamás, un murciano de dinamita como cantaría Miguel Hernández, de la Yecla vitivinícola,  puso su destino en Francia buscando los soviets  sindicalistas de la CGT. Apuntado a las Juventudes Comunistas, ya no JSU, que estaba de vuelta  la UJCE  a la que organizó en territorio galo y con ellas viajo al año de la economía de Cuba y abrazó en la mano al Ché Guevara. Coordinó en Europa Occidental lo que Marx y Engels pensaron, que el comunismo se practicaría antes que al este del Danubio, a los Jóvenes Comunistas del estado español dispersados por Alemania, Luxemburgo, Bélgica y el resto de oeste del muro de Berlín.
  Dirigió el periódico “Horizonte”, de los adolescentes de Agustín Gómez Huerta, y solo regresaría a España con el caudillo bajo el mármol.  Puso hogar en Hortaleza y en la agrupación del PC de ese barrio chulo, obrero y pensado para pueblo y no para distrito de una capital. Agrupado en las CC.OO. de Marcelino Camacho, se posicionó con el PCE y no quiso secundar ruptura del mismo, ni al PTE de Carrillo ni al PCPE de Ignacio Gallego. Trasladó residencia a San Sebastián de los Reyes (o de Madrid, para los republicanos) y siempre antepuso a la organización de José Díaz por delante de Izquierda Unida. En el Sanse popular y trabajador, sirvió a la Revolución Cubana de 1959 en  la Asociación Pablo de la Torriente Brau, del brazo de su compañera María Oset, otra alma buena y marxista.
Otros cambiaron su documentación por la del poder, Alfredo Mora mantuvo la suya con la de los parias de la tierra.
  Alfredo no quiso concejalías, ni aspiró a listas o candidaturas de Ayuntamiento, era base de Partido, pero pertenecía a la dirección del Partido Comunista de Madrid, era de los que daban vida a las sedes del PCE y carteles a la ciudad.
  Alfredo, un activo de la Plataforma de Izquierdas de Ángeles Maestro y del Partido Vivo del PCE, movilizado en el antifascismo, contra la M-50 y culto siempre en el escrito buscado de  poesía. Seguirán las alamedas abriéndose y los Víctor Jara pondrán sus guitarras nuevas, los poetas sonaran a Silvio Rodríguez y se descompondrán imperios y bancos y tu mano sólida seguirá empujando con nosotros y nosotras la pancarta de aquella Juventud del mundo que publicaba Lenin. No te vas, te quedas en el comunismo.
Siempre serás PCE.

 


 Poemas de Alfredo Mora Muñoz

A MI GATO

Qué triste está
mi gato
y no lo puedo coger,
es blanco, es
negro y los ojos
se le ponen al biés.
Manotea y no
saca las uñas,
los bigotes los pone de punta
y me mira con altivez.
Encima del folio
se pone
y no me deja
ver.
Enfrenta sus ojos
con los míos
y trenzamos los sueños
al revés.
Él no es un gato,
es cazador
y yo un gato
montañés.
Se zafa entre
los árboles
y me espera
al atardecer.


A MI HERMANO

Hermano, este mundo
florecerá con historias,
diminutas como las nuestras.
Los vientos nos traerán
nuevas olas, nuevas vidas,
y a los otros, la claridad desposeída.
Atrás quedará el otro hombre
y su inconsciencia como enigma.
Tú y yo estaremos unidos
en las formas, en el aire, en la senda.
Tu cielo azul nos marcará el tiempo
un espacio, la cometa,
la silvestre luna de Cuba
encenderá firme a toda América.
En la mañana, aparecerá
un lenguaje claro en armoniosas dunas.
Terrazas de verdes enredaderas
mecerán mujeres con cintura conjuntada
y de mirada profunda.
Y el orden del Mundo,
de las flores, de las cosas,
alumbrará  otras cunas.
La palmera real pondrá su estilete
al servicio de la estrella, de sus islas.
Hermano, que hermoso
es lenguaje en conjunción
con lo humano,
con miradas pícaras en la siesta,
pacífica de tu Cuba


CANTO A LA VIDA

Quisiera llevar en cada
arruga de la vida
una flor, un matojo,
un volcán como
la tierra misma.
Quisiera llevar sobre mis hombros
plantas pequeñas, sencillas,
prados verdes en primavera
y diminutas florecillas.
Quisiera llevar sobre mi pecho
bosques erguidos al cielo,
una higuera, un manzano
y unas lilas.
Quisiera llevar sobre mi mente
un cantar, un pájaro,
una luciérnaga como guía,
una mano adelantada
al encuentro de la mía.
Quisiera ofrecerlo todo
en son de PAZ, para que
la misma vida, viva.


ESPERANZA DE VIDA

En las calles,
los niños crecen
y aventan los versos
de esperanza de vida
con colores frescos.
En las calles,
los niños, juguetones,
intercambian los versos
de primaveras de rosas
de libertad de sueños.
La golondrinas aparecen
haciendo requiebros
y los nidos de barro
hacen en los aleros.
Los peces en río
dialogan y se deslizan
en el agua y se dicen cuentos.
La luna en lo alto
a las mozas ilumina redonda
en sus mejores sueños.
En las calles,
los niños crean requiebros
nuevos de alegría de vida
que aventan los vientos.


SOÑANDO PAÍSES

Encenderé las velas en el llano
para que las lunas se encuentren
en su sequedad y rabia.
Reavivaré la voz metálica,
acompasada, de Martí,
uniéndose a la de Bolívar
en los llanos y montañas.
Estaré contigo, Venezuela,
como la aurora un día
te alumbrara.
Nos falta el espacio,
unos pétalos para estar
entre los más, y hallar juncos
y no sombras ni murallas.
Vuela una nave de amapolas
y enciende la Paz en el mar,
que el canto del jilguero
se expanda, y sus alas
barran el salitre y orín,
que los seres humanos se vean
en sus transparentes aguas.
Picacho de limpio silbido
arranca la libertad de pueblos ignorados.
Dilata tus venas, Venezuela,
y cierra heridas de esclavitud,
aguanta firme el reclamo
de tus niños en sus miradas.
Que el relámpago de primavera
abra las flores de la vida. 


 Alfredo y Mari

 No hace mucho que los conozco: diez u once años, a nuestra edad, son ya solo una pequeña parte de la vida. Pero para conocer a las buenas gentes (a las que, como dice Brecht, se las conoce en que son mejores cuando se las conoce) no hace falta mucho tiempo.
  Como Eva Forest y Alfonso Sastre, Alfredo Mora y María Oset son una de esas parejas -tan ejemplares como infrecuentes- en las que el afecto más íntimo y la lucha más pública y generosa se funden y se confunden en una misma empresa, en una misma andadura vital y política. Y como en el caso de Alfonso y Eva, ni el brutal hachazo de la muerte puede romper ese pacto de amor y de lucha ni privarnos de sus frutos solidarios. Alfredo sigue vivo en Mari, y también en quienes tuvimos el privilegio de conocerlo y de compartir su ironía y su indignación, su alegría y su tristeza, sus temores y sus esperanzas, sus poemas y sus artículos. El mejor homenaje que podemos rendirle -la única recompensa que él reclamaría- es seguir luchando por lo mismo que él luchó durante toda su vida, con todas sus fuerzas: por un mundo libre, igualitario y fraterno; por las dos banderas que cubrieron su féretro y que no son sudarios sino alas desplegadas: por el socialismo y la república.
  Descansa en paz, Alfredo, que no descansaremos. Hasta la victoria.

Carlo Frabetti


 
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