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Aroma de Gol PDF Imprimir E-Mail
JON ODRIOZOLA
 
  ¿Es el fútbol un mero juego? Sabemos que no desde que, ya en los años 30 del siglo pasado, y aún antes, se impuso la profesionalización del jugador, del player. ¿Será acaso un deporte? Lo dudo en vista de que, sin hablar de los intereses comerciales y, por supuesto, políticos que rodean el planeta fútbol, el romántico “fair play” desapareció e inclusive se guiña el ojo de manera cómplice cuando un futbolista trata de engañar alevosamente al árbitro simulando penaltis imaginarios, algo que un gentleman british -pioneros amateurs en las elitistas universidades- no habría tolerado bajo ningún concepto.
  ¿Concluiremos que el fútbol es un arte? La pregunta es osada, arriesgada. Me inclinaría por una respuesta afirmativa viendo a Messi o a Romario, verdaderos “artistas”. Del primero, el entrenador del Arsenal londinense -equipo histórico-, Arsène Wenger, dijo que “es un jugador de play-station”. Del segundo, Valdano opinaba que era un futbolista “de dibujos animados”. Jugadores de enorme talento que le insuflan belleza al fútbol, pero que no son “cracks”. El fútbol es una disciplina colectiva y combinada, pero un “crack” no es un goleador tipo Cristiano Ronaldo (y el otro Ronaldo), sino quien pide la pelota para jugarla tipo Xavi o Xabi Alonso y, antes, el mejor: Cruyff. Estos son los cracks; los demás, “killers” del área.
Claro que también hay quien cree -y parece una boutade pero tiene su aquel- que “el fútbol es un juego donde se patea con la cabeza y se piensa con los pies”. Guardiola decía que de su infancia sólo recordaba el balón.
  Y es que el fútbol, como decía el míster escocés Bill Shankly, descubridor del legendario jugador de los años 60 y también escocés Denis Law, “no es un asunto de vida o muerte, sino algo mucho más importante”. Como se ve,esta temática se presta con facilidad a la eutrapelia y a la abundosidad. Como el mingitorio o el posavasos de Marcel Duchamp que se considera arte o el último bodrio de Miquel Barceló (más divertido el primero por surrealista).
  Había un sketch, absolutamente genial, de Monti Python en el que la selección alemana se enfrenta con la griega, pero los jugadores, ataviados con túnicas y clámides, son figuras como Hegel, Leibniz y Heidegger -por un lado- y Sócrates, Aristóteles y Pitágoras, por el otro. ¿Por qué resulta desopilante el absurdo? Probablemente porque hay pocas cosas que se consideren tan distantes como el fútbol y la filosofía. Carlos Goñi Zubieta tituló un libro suyo como “Fútbolsofía”. Hay más, sobre todo británicos y argentinos y también españoles sin que conste que Manolo el del Bombo sea uno de ellos.
  Para el escritor mejicano Juan José Arreola, el fútbol era menos intelectual que, por ejemplo, el tenis o el pin-pong, particularmente porque aquél “carecía de la intermediación de la raqueta”. Los movimientos del fútbol -añadía- “ocurren en bruto, sin pasar por un instrumento civilizatorio y, además, prescinde de las manos (salvo el portero y esto en su área. Nota mía), fundamento de la cultura...(negrita mía). Para Arreola, la práctica del soccer (sic) era un regreso a la edad temprana del hombre sin utensilios. No se le ve muy entusiasta (igual que Borges, que abominaba de “esa cosa estúpida de ingleses... un deporte estéticamente feo”. O el montonero y escritor Rodolfo Walsh. O, remontándonos, el cronista del British Empire, Rudyard Kipling.)

CONDENADO POR LOS INTELECTUALES
 
  Menos mal que a los que gustamos -otra cosa es entender- del balompié nos redime la bonhomía de Eduardo Galeano señalando que “el mundo intelectual siempre ha adoptado una actitud despectiva y arrogante con el fútbol y todo lo que este deporte desata como pasión colectiva. Este juego ha sido condenado por intelectuales de derecha y de izquierda. En la derecha, porque, dicen, es la prueba de que el pueblo piensa con los pies; y en la izquierda, porque creen que el fútbol tiene la culpa de que la gente no piense”. Más tarde, la “intelligentsia” fue saliendo del armario, del closet, y declararse con  de un equipo vestía fetén. Eso sí, sin ser fanáticos, eso la plebe. El fútbol era el “opio de los pueblos”. Tal vez dicho por quienes ni probaron el opio ni sabían lo que era el pueblo.
  Un fenómeno social de masas, tan universal, y transversal, por fuerza tenía que imponerse más allá de aquella lapidaria frase que lo señalaba allende la religión, como “opio del pueblo”, expresión de resonancia marxista. Como es sabido (en los tiempos de Marx en Londres, se fundó el primer “team” de “foot-ball”, el Sheffield, en 1855). Incluso aunque así fuese, un opio, igualmente merecería toda la atención del caso. Claro que, como decía el ex futbolista inglés Kevin Keegan, no se ha encontrado nada mejor para reemplazar al fútbol. Menotti hablaba, exageradamente, a lo rococó, de fútbol de izquierdas y otro de derechas. El primero buscaría el espectáculo (o sea, él) y el segundo el resultado (o sea, Bilardo,Clemente…).
  Pier Paolo Pasolini, que le diera a la bola, dividió el fútbol en poético (el brasileño con regate y gol) y el prosaico que sería el europeo con catenaccios y sin imaginativos gambeteos (dribblings). Son, a mi juicio, paridas. Tampoco falta quien dice que el fútbol es una chorrada para pasárselo bien, una distracción. O la vertiente psicoanalítica que habla de un “nosotros” que forzosamente implica un “ellos” y de aquí las rivalidades cuasiépicas y semibelicosas que tanto explotan los mass media. O la anulación de las clases sociales en un estadio animando por igual a tu equipo, algo así como suspender la lucha de clases (cuya estratificación refleja la propia grada con tribuna, general, etc.) por noventa minutos.
  ¿Y de la final del Athletic,qué? Yo soy del Baraka(ldo), pueblerino y hortera, pero me quedo con el público. No hay fútbol sin público, al igual que un partido que se juega a puerta cerrada por sanción es un partido fantasma, sin alma, desgarrado (sin garra). Ahora el establishment nos quiere a todos sentaditos en las bomboneras y calladitos como quien ve, mudo, un partido de tenis. Y no. Como en la cancha de Estudiantes de La Plata, que viste, por cierto, con idéntico uniforme que el Athletic (dato que debo a José Félix Azurmendi). O a esos entrenadores que nos salvaron hace cinco temporadas, o sea, ayer, con el ánimo del público y los cojones... de corbata y mi amigo Txema de plastrón.
 
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