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¿Qué presidente de derechas echará al Rey? (Nº 60) PDF Imprimir E-Mail
RAFAEL GÓMEZ PARRArafa_gomez_parra.jpg

  Desde el 23 de febrero de 1981, el día en que un grupo de oficiales del Ejército dirigidos por Milans del Bosch y Alfonso Armada dieron el golpe de Estado fallido, han sido los partidos de izquierda, y muy concretamente el PSOE, los más acérrimos juancarlistas, término acuñado por Santiago Carrillo cuando todavía era secretario general del PCE, y los más firmes sostenedores de la monarquía española. Este es, además, uno de los argumentos que sostienen algunos personajes de la derecha, como el periodista Federico Jiménez Losantos, para hacer valer su republicanismo, al mismo tiempo que ataca despiadadamente a la Segunda República española.
Es también manifiesta la buena sintonía que Juan Carlos I ha tenido con los presidentes de los Gobiernos socialistas, Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, frente a la frialdad con que se desarrollaron los dos mandatos de José María Aznar o las frías relaciones que mantiene con Mariano Rajoy.
La primera persona con la que contactó Juan Carlos cuando comenzaron los rumores sobre las dificultades que iba a tener el Príncipe Felipe para convertirse algún día en Rey debido a su falta de sintonía con la sociedad fue precisamente con Santiago Carrillo, quien le recomendó que hiciera a su hijo salir más a la calle a pasearse y tomar contacto con el pueblo, cosa que la Casa del Rey siguió a pie juntillas iniciando un maratón de Felipe por toda España que no tuvo el éxito que les auguraba uno de los autores intelectuales de la transición del franquismo a la democracia.
  rajoy_y_rey.jpg Si el Rey perdió el apoyo de la derecha más ultra a partir de su “traición” al golpe de Estado del 23-F, la derecha cortesana y monárquica le empezó a retirar el saludo cuando Felipe rechazó a las jóvenes de la alta sociedad española para ir a casarse con una nieta de un taxista, que además por su condición de divorciada también levantó las suspicacias del alto clero. Con la caída de Adolfo Suárez en 1981 y de Leopoldo Calvo Sotelo al año siguiente, Juan Carlos I perdió dos grandes baluartes del juancarlismo en la derecha española. En estas condiciones, solo algunos de ellos, como Alberto Ruiz-Gallardón, cuyo padre pertenecía a la corte de don Juan de Borbón, siguen haciendo gala de su monarquismo por encima de todo.
  La propia Esperanza Aguirre se debate continuamente entre sus fieles ultraliberales –que acusan al Rey de apoyar al PSOE- y de ultraderecha -que le recrimina su postura el 23-F- y su condición social de condesa consorte de Murillo. Ella fue, además, la lideresa que ha protagonizado el más fuerte encontronazo con Juan Carlos en una comida, en el que le pidió que “perdonara” los ataques de Jiménez Losantos, recibiendo la airada respuesta del Rey: “La víctima soy yo”.
Lo mismo le ocurre en la Iglesia española, donde hace tiempo que el Rey no tiene un interlocutor claro, especialmente desde que la Conferencia Episcopal española cayó en mano de los ultras, como Rouco Varela, arzobispo de Madrid. Sólo la intervención directa del Papa ha evitado en dos ocasiones que se iniciara una campaña para excomulgar al Jefe del Estado por refrendar leyes como la del aborto y la del matrimonio homosexual.

LA FAMILIA REAL HACE AGUAS
  Otro de los agujeros negros de la Monarquía española, como se ha visto claramente al estallar el “caso Urdangarín”, es la propia situación familiar, que deja mucho que desear a pesar rey-urdangarin.jpgde las imágenes navideñas de unidad que año tras año ha intentado transmitir la Casa del Rey. Precisamente el nombre del hogar monárquico está siendo puntualizado continuamente por la derecha antimonárquica, especificado que no se trata de la Casa Real, sino solo la del Rey Juan Carlos, y que a su muerte ya se verá cómo se articula. Bastaría simplemente con que Felipe y Letizia tuvieran un hijo varón o que alguien propusiera dar prevalencia a la sucesión de la Infanta Elena, que es al primogénita de Juan Carlos, para que todo pudiera ocurrir.
Es un tópico histórico las peleas internas de los Borbones por la sucesión desde la famosa Ley Sálica, que impedía a las mujeres reinar, y que provocaron cerca de 50 años de guerras carlistas en el siglo XIX, pero la realidad es que los “padres” de la Constitución de 1978 tuvieran que hacer olvido de todas sus convicciones democráticas para mantener la sucesión de Felipe de Borbón y que uno de los motivos por los que no se han atrevido a reformar el texto constitucional desde entonces es para no tener que tocar esa cláusula que abriría la puerta a todo tipo de especulaciones.
  El aplauso desorbitado de casi todo el Congreso, puesto en pie, para recibir al Rey Juan Carlos en la apertura de la X Legislatura en pleno “caso Urdangarín” pasará a la historia como una de las páginas más negras de la política española y la demostración palpable de que los políticos viven al margen de la sociedad que les elige cada cuatro años. En cierto sentido, y como resaltaba en privado un congresista, fue un aplauso parecido al que se daba a Franco en los últimos años de su dictadura, que se sostuvo mientras vivía el protagonista y que luego gran parte de los que aplaudían querían que se olvidara.
 
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