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Jesús de Polanco, el señor de El País/Nº 56) PDF Imprimir E-Mail

Jesús Polanco  no tenía otra ideología que la búsqueda de la ganancia económica  y la consiguiente ambición de poder. Trataba de acumular dinero y hacerlo lo más rentable posible, lo que le llevaba al mundo de la política que mejor pudiera convenirle. Por eso le gustaba relacionarse con los dirigentes prematuramente desideologizados, como él mismo lo era. Todos provenían del franquismo y, como es sabido, a Franco no le gustaba la política. Estos hombre públicos le ayudaban y él les daba apoyo mediático. Así, poco a poco, se convirtió en un hombre muy influyente, admirado y temido, que institucionalizó el periódico matriz y se empeñó en ampliar y extender su imperio.
Enrique González Duro ha escrito una biografía poco complaciente del magnate que modeló informativamente la “modélica Transición” y el bipartidismo corrupto. Aquí ofrecemos un adelanto del libro, “Polanco. El señor de El País” (Península)
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Enrique González Duro

  En 1958, harto de que sus iniciativas y proyectos fueran casi sistemáticamente desestimados, Jesús Polanco decidió abandonar Escelicer y establecerse por su cuenta. Con veintiocho años, casado, con tres hijos y viviendo en un modesto piso del barrio de La Concepción de Madrid, montó su propia editorial que, con los modestos ahorros de que disponía, instaló en un piso alquilado de la calle Alcalá, muy próximo a la Puerta del Sol. La llamó editorial Santillana en honor al pueblo de donde procedía su familia. Comenzó editando libros jurídicos y una serie de obras juveniles, un sector hasta entonces poco explotado en España, y además creó su propia organización de ventas.
  Colaboraba estrechamente con su amigo Pancho Pérez, que sería su principal socio durante el resto de su vida, primero en una librería hispano-argentina donde vendían libros poco divulgados o conocidos en España por cuestiones de censura y que procedían de Argentina: Alberti, Neruda, Camus, etc. Luego comenzaron a viajar juntos por diversos países sudamericanos, aprovechando la ayuda de Cooperación Iberoamericana del Instituto de Cultura Hispánica, en donde él había trabajado.
A Polanco y a Pancho les iba muy bien en sus viajes por distintos países latinoamericanos, con las maletas repletas de libros que sabían vender con relativa facilidad. Sus vidas eran cada vez más paralelas. En principio el negocio era de pequeñas proporciones, pero la editorial Santillana progresaba paulatinamente con la venta de cuadernos de ortografía y cartillas de alfabetización para adultos. Polanco logró asociarse con otros amigos de Madrid y Barcelona, y de esta forma el 20 de noviembre de 1960 se constituyó la editorial Santillana S. A.
  La nueva sociedad contaba con un capital inicial de 600.000 pesetas por parte de cada uno de los tres socios. Se especializó en la edición de manuales de alfabetización de adultos, lo que constituyó para Polanco una experiencia bastante positiva, convirtiéndose pronto en un sólido trampolín para dar el salto con mayor solidez al subcontinente sudamericano. No bastaba con hacer o enviar «viajantes», sino que era necesario desplazarse personalmente con frecuencia para poder expansionar el negocio.
Así en 1961 Polanco realizó su primer viaje organizado a Sudamérica en busca de nuevos y mayores mercados: sus anteriores colaboraciones en el Instituto de Cultura Hispánica podían facilitarle los contactos pertinentes con las autoridades educativas de aquellos países, así como el aval de Florentino Pérez Embid, un ilustrado intelectual del Opus Dei y relativamente prestigiado en América del Sur por los años en que estuvo encargado del referido instituto.
Durante tres o cuatro meses el joven editor, cargado de libros, recorrió varios Estados latinoamericanos, y comenzó a sentar las bases de lo que había de ser su futuro imperio, estableciendo en Buenos Aires su primera empresa filial en 1963. Acompañado de Pancho, se movía con toda facilidad por esos países, donde procuraba atraerse el favor de personalidades influyentes. En 1968 contaba ya con una empresa en Estados Unidos, concretamente en Nueva York, y años más tarde creó nuevas firmas en Chile, México, Venezuela, República Dominicana, Perú, Puerto Rico, Ecuador; una expansión que lo convirtió en poco tiempo en uno de los editores más importantes de América Latina.
  Por aquella época, el negocio latinoamericano era mucho más productivo que en España, donde Polanco seguía viviendo con su familia, la cual se había visto ampliada con una hija. De cualquier modo, no paraba de trabajar aquí y allá. Cuando estaba en Madrid, todas las semanas acudía a publicitar sus productos en el semanario Servicio, editado por el Servicio Español de Magisterio, con una tirada cercana a los 160.000 ejemplares, lo que representaba una excelente publicidad gratuita para sus libros. Pero Santillana precisaba de un fuerte empujón en España.

LA CONEXIÓN CON EL OPUS DEI
  Fue en el año 1970 cuando Santillana, de Polanco y sus socios, experimentó un espectacular crecimiento a raíz de la puesta en polanco.jpgmarcha de la Ley General de Educación y Funcionamiento de la Reforma Educativa, que había sido elaborada por el nuevo ministro de Educación, José Luis Villar Palasí, ligado al Opus Dei y promocionado al cargo tras la crisis ministerial desencadenada por el caso Matesa en 1968. Se trataba de una reforma educativa planificada desde arriba por el segundo cargo del Ministerio, primero como secretario general y segundo como subsecretario: Ricardo Díez Hochleitner, también miembro del Opus Dei y antiguo compañero de estudios de Polanco en la Facultad de Derecho, con el que había seguido relacionándose.
En el Ministerio, Díez Hochleitner era además el responsable de establecer los puntos por los que se iban a regir los nuevos textos escolares adecuados a la reforma en curso. Y luego se supo que Polanco dispuso muy por adelantado de los programas educativos que se iban a imponer en la enseñanza media, porque había intensificado su amistad personal con el subsecretario de Educación. De vez en cuando se encontraban en una tertulia, y un buen día, a mediados de 1969, parece ser que Polanco obtuvo confidencialmente la lista de los nuevos textos, cuya autenticidad fue refrendada luego por el Ministerio. Y con esa información privilegiada, se lanzó a la redacción e impresión masiva de nuevos manuales, adelantándose considerablemente al resto de las editoriales.
  Polanco contrató a diez universitarios que estaban a punto de terminar sus respectivas carreras y los puso a «fabricar» los nuevos libros de texto, a pesar de que los programas no habían sido oficialmente aprobados ni se habían publicado. Parece ser que la editorial Anaya también se benefició, al menos parcialmente, de esa información privilegiada, aunque obtenida por otras vías del Ministerio. Por un módico sueldo de 8.000 pesetas mensuales, que poco después se incrementaría hasta las 12.000 pesetas, el grupo de universitarios elaboraba un libro cada treinta días bajo las directrices supuestamente facilitadas por Díez Hochleitner. La impresión y edición final de los textos corrió a cargo de un entonces desconocido licenciado en Pedagogía, Emiliano Martínez, que llevó a cabo una excelente labor. En justa recompensa, Martínez sería más tarde nombrado presidente de la división A del grupo Timón, consorcio creado en 1972 y dedicado a la difusión de libros en todas sus variantes.
Posteriormente, el grupo se estructuraría en dos divisiones.
  La división A, presidida por Martínez, estuvo integrada por: editorial Santillana (educación), editorial Alfaguara (literatura y ficción), Mangold (idiomas), Altea (libros juveniles), Taurus (ensayos), Aguilar (textos universitarios), Asuri (libros en catalán), Diagonal (proyectos pedagógicos), y dos empresas distribuidoras, Ítaca y Ágata.
  La nueva Ley General de Educación fue aprobada por las Cortes franquistas el 28 de julio de 1970, y publicada por el BOE meses después, el 28 de agosto. Ocho días más tarde, el 3 de septiembre, apareció en el BOE el reglamento que la desarrollaba a fin de que el día 15 pudiese ponerse en marcha su aplicación. A excepción de Santillana, y en menor proporción de Anaya, las editoriales españolas, que acababan de conocer la nueva ley, no disponían materialmente de tiempo para preparar los nuevos manuales, por lo que no pudieron competir en la difusión de los mismos, teniendo en cuenta que tenían que empezar a utilizarse a comienzos del curso académico de 1970-1971.

INFORMACIÓN FRANQUISTA PRIVILEGIADA
  El grueso de las editoriales se reunió en diversas ocasiones con Díez Hochleitner para intentar retrasar un año la puesta en marcha de la reforma, pero no tuvieron éxito; así fue como la editorial Santillana, junto con Anaya, pudo dar el gran golpe: el material educativo que iba a imponer la nueva ley en todos los centros de enseñanza media estaba ya en los talleres y los almacenes de Polanco, listo para ser distribuido. Además, frente al tradicional sistema de ventas de libros, Polanco adoptó la fórmula más agresiva y eficaz de vender los libros en los propios centros, implicando en ello a los docentes.
  El nuevo sistema demostró ser tremendamente eficaz y contribuyó al considerable enriquecimiento de la editorial Santillana, y probablemente también de Anaya. Por empeño del subsecretario de Educación, la Ley General de Educación se aplicó inmediatamente en el curso de 1970-1971, decisión que benefició considerablemente a Polanco.
  Todo este asunto no trascendería, sin embargo, hasta z1982, cuando apareció un libro de José Díaz Herrera y Ramón Tijeras, dos periodistas que fueron denunciados por Díez Hochleitner, procesados y condenados por un error de importancia menor: haber afirmado que, tras su salida del Ministerio, el subsecretario había pasado a trabajar para Polanco, lo que no era del todo cierto. Porque, después de su etapa ministerial, Díez Hochleitner presidió durante tres años el Club de Roma, al tiempo que ocupó un alto cargo en la Unesco como responsable de la puesta en marcha de proyectos educativos para países sudamericanos. Fue después de ese trienio cuando se le volvió a ver en el entorno de Polanco, y ocupó puestos relevantes en alguna de sus empresas. Por tanto, la condena a los periodistas que habían denunciado hechos tan singulares, en el fondo, fue de algún modo fraudulenta. Ni el Tribunal Supremo, con su sentencia, podía haber aclarado los muchos interrogantes que quedaban en el aire: ¿qué editor se hubiera atrevido por aquel entonces a una operación tan arriesgada como la de imprimir 40.000 o 50.000 libros de texto cuando ni siquiera la ley que los imponía había sido aprobada oficialmente?
  Solo un hombre tan bien informado como Polanco, y quizá la editorial Anaya, pudo atreverse a eso, porque sabía que no corría ningún riesgo. Díez Hochleitner estuvo poco tiempo en el Ministerio y fue sustituido en el cargo por el magistrado Rafael Mendizábal, quien llevó a cabo una minuciosa labor de «limpieza interna », si bien parece que fue insuficiente porque Polanco siguió disponiendo de la mejor información procedente de las altas instancias. «Siendo subsecretario, me extrañó la sintonía que había con Santillana, hasta el punto de que parecía una editorial oficial, que inmediatamente sacaba los textos que necesitaba el sistema educativo en un momento determinado [...]
  Allí mandaba una efebocracia, una serie de muchachos, cercanos al Opus Dei que, al amparo del Estatuto de la Función Pública, se habían hecho fuertes en el Ministerio y entre los que Polanco logró infiltrar topos de toda clase y condición».

 
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