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Miguel Hernández, un centenario mutilado (Nº 56) PDF Imprimir E-Mail
Dolors Aguado i Martorell.


  Los poderes económicos, sociales y políticos a los que se enfrentó Miguel Hernández, desde 1934 más o menos tímidamente y con verdadero frenesí desde 1936, han combatido ferozmente su obra. En este combate podemos distinguir tres etapas. En la primera, el fascismo triunfante encarceló al poeta, lo sometió a la brutal jurisdicción castrense y lo castigó por no acceder a convertirse en un arrepentido. Veinticinco años después de la muerte del poeta, el canónigo Luis Almarcha declaró que lo único que pudo hacer por Miguel Hernández fue intentar conseguir “una confesión de culpabilidad, y subsiguiente petición de perdón”; sólo de este modo “las cosas podrían haber empezado a discurrir de otra manera”. Naturalmente, Miguel no se prestó a jugar el papel de oveja descarriada y reintegrada al redil satánico-sotánico de la Iglesia Católica, y ello le costó la vida. En esta primera etapa, la difusión de su obra fue prohibida sin fisuras.
  En la segunda etapa, en el franquismo desarrollista posterior al Plan de Estabilización, se autoriza selectivamente la publicación de parte de su obra. En 1963 hay un documento en el que Carlos Robles Piquer, que había sido Director General de Información, dice textualmente: “Puede autorizarse la importación de una cantidad limitada (no más de cien ejemplares) de la adjunta Antología de Miguel Hernández. Debe advertirse a la importadora que no sería discreto que efectuase publicidad, dejando a este libro su curso natural a la venta en librerías o a personas interesadas en él. En el supuesto de que deseasen efectuar una edición española, o importar mayor cantidad de ejemplares de una futura edición argentina, sería preciso introducir algunas modificaciones en el prólogo y tal vez en la selección de los poemas”.
  En la tercera etapa, cuya apoteosis estamos viviendo con ocasión de la celebración del centenario del nacimiento, la estrategia es otra; no hay censura, no hay persecución -al contrario, se exaltan sus méritos-, pero se descontextualiza la parte más importante de su obra, se lamenta que sacrificara la estética por hacer una poesía de trinchera. Es decir, se mutila el componente histórico, elemento fundamental para comprender su poesía de 1936 a 1942. En este terreno se lleva la palma de la deshonestidad un documental emitido recientemente por la 2 de TVE, en el que su guionista, Alfonso Guerra, oculta en un falsario juego de malabares la militancia comunista de Miguel Hernández, si bien apunta la cercanía en Oriola durante unos meses de Miguel hacia las Juventudes Socialistas.
  Como se ha escrito ya ampliamente en algún otro número anterior de EL OTRO PAÍS sobre la vida y obra de Miguel Hernández, nos ceñiremos sólo a repasar algunos datos de su persona a raíz de la celebración del Centenario de su nacimiento.
  Un número elevado de biografos, entre los que podemos destacar a Leopoldo de Luís, Jorge Urrutia, Carmiña Mesejo o Ferris, por no hacer la lista más larga, han resaltado la importancia del paisaje, así como del ambiente en que se desenvuelve la vida de Miguel Hernández. Muchos acuden a los textos de Gabriel Miro, al que llamaron “ el gran estilista de Alicante”, en cuyas novelas del primer cuarto del siglo pasado se captan las esencias tradicionales y el colorido barroquizante de Oriola (ciudad donde nació Miguel el 30 de octubre de 1910)
  Si en el joven Miguel influyen la luz y el color de la huerta, influyen también las costumbres y la tradición levítica. Oriola destacaba por ser una ciudad jerarquizada y católica en la que su familia ocupaba un modestísimo lugar, girando en torno al quehacer paterno. En una humilde casa vivían con el matrimonio  dos hijos (Vicente y Miguel ) dos hijas (Elvira y Encarnación ) y otros tres que murieron de niños.

SOCIEDAD CLASISTA Y DISCRIMINATORIA 
 
  En semejante contexto familiar, un hijo con vocación artística le parecía a su padre (Vicente Hernández “El Vicenterre” ) una provocación y pegaba a Miguel si lo encontraba leyendo. Miguel procede de una sociedad clasista y discriminatoria, donde la lectura es un lujo, de un medio rural cuyo ínfimo nivel educativo destruye toda comprensión.
  Miguel asistió a la escuela hasta los catorce años, algo casi excepcional en la época y en un ámbito con pocos recursos, que en el caso de “El Vicenterre”, más que penuria era menosprecio a la instrucción y a la cultura. Ni siquiera la Ley de Enseñanza Obligatoria marcaba entonces como obligatoria esa edad y fue siempre una ley incumplida, sobre todo en el campo y en los barrios suburbanos. Miguel estudió primero en las escuelas del Ave María, anejas al Colegio de Santo Domingo de la Compañía de Jesús y después en esta escuela con los Padres de la Compañía.
  José Martín Gutiérrez (Ramón Sijé ) hijo de familia acomodada y luego abogado y escritor, llamó siempre a Miguel su condiscípulo, “alumno de bolsillo pobre”. Su influencia en los primeros años de Miguel resultó bien visible. Sijé fue ensayista precoz, hombre de pensamiento profundamente católico, atraído por las corrientes del neocatolicismo, siguiendo la pauta de intelectuales como José Bergamín. Todos ellos se inspiraron en la línea de adaptación del francés Bernanos.
  Cuando la autoridad paterna lo arranca de sus iniciales estudios, Miguel no se pierde en los rudos quehaceres, sino que persevera en las lecturas y saca del oficio experiencias capaces de sustanciar sus versos. Su menester pastoril determinó una comunicación umbilical con la naturaleza, lo que constituirá una huella imborrable en sus escritos.
  Sus lecturas siempre fueron irregulares y dispersas, carentes de sistema, obtenidas por préstamos amistosos o en las bibliotecas de los centros locales, así como las influencias sobre todo de Sijé y el canónigo Almarcha. Miguel, que ya había publicado en la prensa local sus primeros e inseguros poemas, empieza a escribir en El Gallo Crisis, revista fundada y dirigida por Ramón Sijé a ejemplo del Cruz y Raya de Bergamín.
Son los amigos los que reunen el dinero para el viaje a Madrid. “Siempre sobre la madera de su vagón de tercera”, como Don Antonio Machado. Allí se aficiona a los clásicos. La obra de Góngora le asombra, aunque para él escriba oscuro por dentro y brillante por fuera.
  Después de varios intentos de vivir en Madrid, el verano del 34 transcurre de nuevo en su comarca y para final de año resuelve su estancia en la capital, primero colaborando en las Misiones Pedagógicas, creadas por la República, y después ayudando en la Enciclopedia Taurina de José María de Cossío, para Espasa Calpe, como ya recordamos en nuestro anterior artículo.
  Continuará de alguna forma dividido entre las colaboraciones en el Gallo Crisis y en Caballo Verde para la Poesía (revista fundada y dirigida por Pablo Neruda ), asistiendo también a las tertulias de Neruda. Influencia nerudiana que se complementa con el fecundo influjo de su buen amigo Vicente Aleixandre.
  El año termina con la muerte de Ramón Sijé, el 24 de diciembre, conjugándose en su ánimo el dolor por la muerte del amigo entrañable, el remordimiento por las diferencias ideológicas que habían surgido a raiz de sus contactos con el comunista Pablo Neruda. Esta angustia estalla en la conmovedora “Elegía”, famosa ya en la historia contemporánea.

EN EL PARTIDO COMUNISTA

  En 1936, casi al borde de la sublevación fascista, vuelve a Madrid, para adherirse en otoño al Frente Popular, y el 23 de septiembre, como respuesta a la sublevación fascista, se integra en la filas del Partido Comunista y comienza a luchar en el Quinto Regimiento. Escribirá dos elegías: a Federico García Lorca, asesinado en Granada, y al internacionalista cubano Pablo de la Torriente, muerto en combate.
El Mono Azul, revista de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, Hora de España, una empresa cultural excepcional en plena guerra, y todos los periódicos y revistas de los frentes de la retaguardia publicarán los poemas de Miguel Hernández. Así nace “Vientos del Pueblo”. El propio poeta considera que “había escrito versos y dramas de exaltación al trabajo, de condena al burgués....... Pero la forma para esgrimir mi poesía en forma de arma me lo dio aquel iluminado 18 de julio. Intuí, sentí venir contra mi vida, como un gran aire la gran tragedia,....y me metí probablemente más hondo de lo que estoy metido desde que me parieran dispuesto a defenderlo firmemente”( Nota a Teatro de guerra). Ediciones Nuestro Pueblo, Valencia 1937.
  Esta evolución política, literaria, estética y personal es la que se pretende amputar en esta conmemoración falsificada. De la misma manera que se pretende esconder que la última parte de su obra poética fue escrita en prisión, a veces en rollo de papel higiénico, sacada al exterior en el mismo cazo en el que Josefina le introducía algunos alimentos. Fiebre poética que sólo fue extinguida con su muerte cautiva el 28 de marzo de 1942 en el Reformatorio de Alicante.

LAS DESIERTAS ABARCAS
( fragmentos)
Por el cinco de enero
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraba los días
que derriban las puertas,
mis abarcas vacias
mis abarcas desiertas.
(...)
Nunca tuve zapatos
ni trajes ni palabras :
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.
(...)
Por el cinco de enero,
para el seis yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.
(...)
 
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