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Julio Diamante Creador renacentista y rebelde eterno PDF Imprimir E-Mail

  Cineasta, guionista, director de teatro, gran aficionado al jazz y al blues, actor, ex director de la Semana Internacional de Cine de Autor de Benalmádena -un certamen de referencia- y, además, cantaor aficionado sin prejuicios, Julio Diamante es un artista del Renacimiento. Pero, parafraseando un conocida copla de Francisco Moreno Galván inmortalizada en la voz de José Menese, Julio no le canta a la luna, ni en la luna está: a su casi ochenta años sigue manteniendo una activa y crítica relación con el mundo en el que vive. Fue militante del PCE durante los años 50, una época muy difícil para la militancia antifranquista, y todavía ahora, en esta confusa y desarmada sociedad heredera del gran fraude de la Transición, continúa siendo “un hombre de izquierdas”, en el sentido más consciente, honorable y rotundo de la expresión. Es una figura muy activa en defensa de la recuperación de la memoria histórica, continúa escribiendo sin parar –a mano, por cierto- y aún participa, como invitado muy especial, en los certámenes cinematográficos que tienen el gran privilegio de disfrutar de su sabiduría sin concesiones. Cádiz, la ciudad donde vio la luz y a la que vuelve una y otra vez, le acaba de dedicar una calle.

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ALFREDO GRIMALDOS

Fotos:
ANTONIO DE BENITO

  Julio Diamante nació “prácticamente en 1931”, el año de la Segunda República. Su llegada a la bahía de Cádiz se adelantó al 27 de diciembre del año anterior por una circunstancia inesperada: “A mi padre, que era ingeniero en el puerto, le gustaba dar paseos en barca con mi madre”, explica. “Una tarde les pilló un tormentón y aparecieron, a la madrugada del día siguiente , en una playa distante de Cádiz. Todo el mundo creían que había muerto. Por ese motivo se adelantó unos días mi nacimiento”.
Poco antes de la guerra, el padre de Julio es trasladado a Madrid, al antiguo Canal de Lozoya, y cuando se produce el alzamiento fascista, la familia vive en la calle de Cristóbal Bordiú. “Tengo recuerdos claros del final de la guerra”, señala. “Tras el golpe de Casado contra la República, por una parte estaban los casadistas y por otra, los comunistas. Había fuego cruzado en Reina Victoria y también en la avenida de Ríos Rosas, donde vi como a un hombre le pegaban un tiro en el vientre y se lo llevaban sangrando”.
  Al principio de la guerra, el padre de Julio estuvo encargado de las fortificaciones de Somosierra, y además, desarrolló una labor especialmente importante: fue responsable de la distribución de aguas en Madrid. Más tarde, durante la Batalla del Ebro y con el cargo de comandante de Ingenieros, dirigió la construcción de los puentes sobre el río.

MILITANCIA COMUNISTA
  “Los franquistas encarcelaron a mi padre y a mi abuelo, que había sido el jefe nacional del Circuito de Carreteras de la República”, prosigue Julio. Yo iba con mi madre a una cárcel y con mi abuela a otra, a verlos a los dos. Mi padre salió en libertad el año 47 y empezó a participar en una tertulia que se constituyó en Casa Labra, junto a antiguos compañeros suyos. Todos eran gente de izquierdas que habían estado en la cárcel con él. Yo le acompañaba alguna vez y, para mí, aquello fue una formación maravillosa, humana y política. No eran de un solo partido, había allí un abanico de opiniones amplio, y pienso que eso fue muy positivo para mí, para haber intentado no ser sectario nunca”
  Tras terminar el bachillerato, Julio hace varios cursos de Medicina, pero un día comienza a frecuentar la Escuela de Cine y su camino se desvía: “En esa época, a principios de los cincuenta, ya se empezaba a formar el primer grupo comunista en la Universidad y yo me incorporé a él”, relata Julio. “También estaban Enrique Múgica y Jesús López Pacheco. La conexión con el Partido era Jorge Semprún. Se nos ocurrió hacer una plataforma legal para encubrir la lucha clandestina y poder reunirnos con mayor facilidad. Entonces empezamos a trabajar en la convocatoria del Congreso Universitario de Escritores Jóvenes. El Congreso nunca llegó a realizarse, pero lo interesante era mantener el espíritu antifranquista. Para nosotros, lo primero era intentar cargarnos el SEU. A mí me hicieron Secretario General del Congreso, que era el cargo de mayor responsabilidad”.
  Mientras tanto, Julio Diamante había ingresado en la Escuela de Cine, que estaba entonces en los llamados Altos del Hipódromo, frente a lo que ahora son los Nuevos Ministerios. Y su actividad política clandestina se iba incrementando. “Después del intento, también fallido, de rendir un homenaje laico a Ortega y Gasset, en 1955, tras su muerte, había que pensar en otra cosa y se planteó entonces convocar un Congreso Nacional de Estudiantes, a comienzos de 1956, para pedir elecciones libres de delegados y acabar con la dictadura del SEU”.
  Ya el año anterior, Julio había sido detenido dos veces, y en enero de 1956, la policía lo vuelve a enchiquerar. “En la universidad de San Bernardo, que era el epicentro de aquel movimiento estudiantil, apareció la XX Centuria de Falange, que tenía armas, y se organizó una tangana incontenible”, prosigue su relato. “Entonces pegaron un tiro a un chico falangista. Se lo dio un compañero suyo, no voluntariamente, claro, sino por el nerviosismo que había. Los falangista dijeron que la bala la habíamos disparado nosotros, pero aquello no coló. Con tan infausto motivo, ese día se declara el estado de excepción, y yo, que ya había sido detenido varias veces y me conocía el paño, sabía que iban a venir a por mí. Además, se había dicho que los estudiantes fascistas querían hacer una noche de los cuchillos largos. Salí disparado de Madrid, me fui a casa de unos parientes de Valencia, estuve unos días allí y, después, me fui a casa de un tío mío que vivía en Lérida”.

EL COMISARIO CONESA Y EL CINE SUECO
  Cuando la situación política ya se ha calmado un poco, Julio vuelve a Madrid y se presenta en la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol. “El que me hizo casi todos los interrogatorios fue Conesa”, recuerda. “Al principio, eran violentos, y luego pretendían ser más sutiles, a ver si me pillaban en contradicciones. Se dieron situaciones absurdas. Me dice Conesa: ‘¿Te gusta mucho el cine ruso, eh?’ Y yo, claro, contesto: ‘Bueno, pues no lo conozco mucho. Me gusta el cine ruso sobre todo por el montaje’. Y para echar balones fuera, le digo: ‘Pero sobre todo me gusta el cine alemán y el cine sueco’. ‘Ah, ¿sí?, ¿Te interesa mucho el cine sueco? Pues háblanos del cine sueco’, me contesta. Entonces yo empecé allí a soltar una conferencia sobre Victor Sjostrom, primero, y sobre Mauritz Stiller después. Cuando llevaba hablando como veinte minutos, con Conesa delante y tres tíos detrás de mí, en la penumbra, aquello me parecía absurdo y pensé que, de un momento a otro, me iba a decir: ‘te vas a cachondear de tu puta madre’, y se iban a liar a darme hostias. Entonces yo, prudentemente, me calle. Y me dice Conesa: ‘¿Qué pasa, por qué te callas? Sigue hablando de cine sueco’. Y yo continué: ‘Pues es que hubo otras generaciones, como la de Alf Sjoberg, que también era un magnífico director …”
  Tras once días de interrogatorios, Julio es puesto en libertad y continúa su actividad política mientras dirige varios montajes teatrales, como “El Proceso”, de Kafka, o “Woyzek”, de Büchner. Más tarde monta “Espectros”, de Visen, y realiza un cortometraje sobre el Madrid castizo, “Organillo”, y otro sobre el Pozo del Tío Raimundo, en contacto con el Padre Llanos . También en esa época le prohíben el montaje de “La Chinche”, de Maiakosvky. Paralelamente, Julio cultiva su afición al jazz, haciendo un programa semanal en Radio Nacional.

FLAMENCO Y JAZZ
  julio_diamante_1.jpgDespués vendrán el mediometraje “Velázquez y lo velazqueño” y la película “Los que no fuimos a la guerra”, que se presenta con gran éxito en el Festival de Venecia. Y a continuación, entre otras, “Tiempo de amor”, que cosecha cuatro premios en el Festival de Valladolid, “El arte de vivir”, seleccionada por el Festival de Berlín, y “La Carmen”, en la que da rienda suelta a su pasión por el flamenco. Julio vuelve al mundo del arte jondo con su “Biografía de Vicente Escudero”, excelente documental en el que retrata magistralmente al gran artista vallisoletano que fue referencia fundamental para Antonio Gades y un pilar básico en la evolución del baile flamenco.
  A lo largo de su vida profesional, Julio Diamante ha dirigido cortometrajes, mediometrajes y más de media docena de películas, además de varios filmes y documentales para televisión. También ha escrito guiones para cine y televisión, ha adaptado y dirigido obras teatrales y ha publicado infinidad de artículos sobre cine y música. El jazz y el flamenco, sus sonidos predilectos, los hermana en un singular poemario, “Blues Jondo”, publicado en 2006.
  A principios de 1972 se hace cargo de la dirección de la Semana Internacional de Cine de Autor en el Ayuntamiento de Benalmádena, en sustitución de José Luis Guarner. “Me hacía mucha ilusión que Andalucía tuviera un certamen cinematográfico de prestigio internacional y pienso que lo conseguimos”, afirma. “Durante los dieciocho años que estuve al frente del Festival, allí presentamos a cientos de autores que no eran conocidos en España. Recuerdo con especial cariño los ciclos de muchos grandes cineastas inéditos aquí, como Andréi Tarkowski, Roman Karmen o Joris Ivens, que, con motivo de su participación en el festival, vino a España por primera vez después de la guerra civil”.
  “Y todo lo hicimos con muchísimas dificultades”, continúa. “Yo tenía tantas discusiones con los censores que, en cada festival, acababa afónico. El caso es que, si conseguías que se aprobase la proyección de una película en Benalmádena, luego ya se podía estrenar en toda España. Yo tenía que dar la cara allí cada año, entre amenazas de bomba y todo tipo de intimidaciones. Primero, durante los últimos años del franquismo y luego en la transición, que fue casi más dura”.

LA LUCHA CONTRA LA CENSURA   
  En 1975 coincide la muerte de Franco con la celebración del Festival, y la situación se vuelve especialmente complicada para sacarlo adelante. “Ese año yo había hecho la presentación del cine árabe en España, y la noche del 19 al 20 de noviembre se había pasado una película en francés”, recuerda Julio. “A la mañana siguiente, cuando llego al Palacio de Congreso de Torremolinos, me encuentro que las tres salas de proyección están cerradas y me dicen que se ha suspendido el festival. Cojo el coche, voy arriba a Benalmádena, y me planto delante del alcalde Bolín, que era un demonio. Me dice que, en esa hora de dolor, no se puede continuar con el festival. Fíjate lo que suponía aquello: un año de trabajo monstruoso, con toda la gente que ya había mandado sus películas y con el dinero que ya se había gastado. Al final, le convencí, llamé al Ministerio y, después de mucho discutir también, conseguimos continuar. Después de guardar los dos o tres inexorables días de luto, por supuesto. Se acabó pasando toda la programación que había. Aquel año, que estaba el ambiente calentito, proyectamos “El Imperio de los Sentidos” y “En lo más alto de los cielos”, una película italiana que transcurría en el Vaticano, y que, por distintas razones, tenía a la censura encima”.
Las roces con la censura y las fuerzas de orden público fueron constantes también durante la segunda mitad de los setenta para Julio: “Recuerdo que, antes de empezar la proyección de “La batalla de Chile”, se me acerca un capitán de la Guardia Civil y me dice: ‘Mire, si al terminar la película, empieza el debate que está anunciado, le advierto que tengo rodeado el Palacio de Congresos y lo tomaré’. Esto era en 1976, unos meses después de la matanza de la Iglesia de Vitoria. Yo pensé: ‘Aquí, con la gente enfervorizada de todo el día...’ Y además, el del bar me decía: ‘A a este tío, al moverse, se le ha visto una pistola...’ Aquello estaba también lleno de policías de paisano”.
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LOS CENSORES NO CONOCEN “LA INTERNACIONAL”
  “Entonces, le dije al capitán: ‘Este que está a mi lado es Patricio Guzmán, el director de la película. Le propongo sustituir el debate por que este señor hable y presente la película’. Patricio presentó su trabajo, largó todo lo que quiso sobre la muerte del operador de la película, sobre una de las colaboradoras que estaba detenida... Y afortunadamente, no paso nada”.
  Julio, un auténtico especialista en conseguir colar películas prohibidas, asegura que la censura “no era tan sabia como algunos creen”. Y puede poner innumerables ejemplos: “Yo pasé mucho cine soviético clásico y uno de los años, hice un ciclo en el que estaba la trilogía de “Máximo”, de Leonid Trauber. Me parecía que pasarla entera iba a ser imposible, entonces decidí presentar ese año sólo la primera parte y dejar las otras dos para las ediciones posteriores. Así que se incluyó en el ciclo de cine soviético ‘La juventud de Máximo’. Yo estaba en mi despacho cuando vienen los censores y me dicen: ‘Sintiéndolo mucho, no se puede pasar la película, porque en ella se canta La Internacional’. Voy a la sala con ellos y vemos de nuevo la escena en la que habían detenido la proyección. Me vuelvo hacia los censores y les digo: ‘Pero esto no es La Internacional, es La Varsoviana’, y empiezo a cantársela con la letra en castellano: ‘A las barricadas, a las barricadas...’ Al final, dijeron: ‘Pues sin no es La Internacional, sí se puede pasar’. Yo tenía varias técnicas, una es que acumulaba tal dosis de películas difíciles de pasar que los censores tenían que esforzarse por prohibir lo menos posible, no podían censurar seis o siete películas, porque ya se liaba un escándalo”.
  “El lema del festival era la defensa de la libertad de expresión, algo que es muy fácil de decir, a lo que teóricamente se apunta todo el mundo, pero, la hora de la verdad, eso suscita los mayores problemas del mundo”, prosigue Julio. “Allí se pasaron películas conflictivas por problemas políticos, sexuales o incluso formales, porque pertenecían a cinematografías que no eran aceptadas comercialmente. Pasé todos los países árabes, africanos y un montón de países asiáticos, todos ellos absolutamente ignorados en España. Cuando me prohibían alguna película, yo lo decía públicamente, algo que no hacían otros. Por ejemplo, ‘El delito Mateotti’, un película magnífica sobre el asesinato de aquel diputado socialista, había sido censurada en otro festival y habían dicho no que estaba prohibida, sino que la copia se encontraba en mal estado. Yo les dije a los censores: ‘Aquí la copia se encuentra perfectamente y, además, Florestano Vancini, su director, está ya en el hotel. Y la película se proyectó. En algunos casos, había cierta complicidad con la censura. En otros, era imposible, claro. Y si me prohibían una película, lo intentaba de nuevo el año siguiente. Al final, no dejamos ninguna sin pasar”.

 

 
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