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UN SAGRADO ESPERPENTO NACIONAL (nº 48) PDF Imprimir E-Mail
Un sagrado esperpento nacional   Su eminencia retrogradísima el cardenal Rouco dio instrucciones a los fieles catolicorromanos de España para que, el 21 de junio de 2009, se renovara la consagración del reino al Sagrado Corazón de Jesús. La primera tuvo lugar el 30 de mayo de 1919; la eminencia madrileña ha querido conmemorar los 90 años del evento, ante el fundado temor de que no sea posible celebrar el centenario.

 

   Fue una monja histérica la postuladora de la consagración. Dijo que se le había aparecido el Corazón de Jesús, y le había anunciado que deseaba reinar en España. La historieta era increíble para cualquier persona con sentido común, porque ningún corazón anda suelto por muy santo que sea, porque asegura la Biblia que Dios no hace acepción de personas, ni por lo tanto de reinos, y porque a ningún ser celestial se le ocurriría querer reinar en este país, sabiendo el desprestigio de que goza la monarquía desde que la ocupan los borbones.

   Pero Alfonso XIII creyó o fingió creer en la aparición, dado que ostentaba el título de majestad católica, por concesión de su santidad el papa Alejandro VI, el más inmundo de los seres de su tiempo, a Isabel y Fernando y sus sucesores. En consecuencia, ordenó que en el Cerro de los Ángeles se levantase un monumento al Sagrado Corazón, al que consagraría el reino, siendo él su delegado mundanal.

   Los gastos ocasionados con motivo del nuevo esperpento nacional los pagaron los súbditos, como es lógico. El monumento es horrendo desde la crítica estética más benigna, un verdadero espanto, además del sacrilegio que representa levantar una estatua a una supuesta divina víscera, en contra del segundo mandamiento divino según el Éxodo.

   Se suponía que, al reinar el Corazón de Jesús en España, el reino quedaba protegido contra todos los males, y el rey que ostentaba el cargo por delegación celestial iba a ser el más feliz, justo y duradero de los monarcas. Sin embargo, cuatro años después, el rey perjuraba la Constitución que había jurado guardar y hacer guardar, y no habían transcurrido ocho más cuando se vio obligado a salir huyendo del reino.

   Para España tampoco fue beneficiosa la consagración, porque si en un principio se libró de la monarquía, después padeció una sangrienta guerra, y como consecuencia de ella, una sanguinaria dictadura. Parece que la monja histérica se equivocó.

   Está claro que en el cielo no fue bien acogida la consagración. Sin embargo, el cardenal Rouco repite la escena, para aprovechar la oportunidad de hablar ante micrófonos sumisos, y lanzar una vez más su mensaje apocalíptico. Ha lamentado la “descristianización de España”, sin plantearse el motivo. No puede esperar otra cosa una Iglesia que alentó la sublevación contra el régimen constitucional, que bendijo a los combatientes y las armas rebeldes, que pidió a los fieles de todo el mundo apoyo para ellos, que les dio el dinero recaudado en sus templos por todo el planeta, que tuvo a los papas Pío XI y Pío XII a su lado, que vio a los cardenales y obispos hacer el saludo fascista junto a los militares sublevados, que los sentó en las llamadas Cortes del régimen, que sustentó la dictadura en todos su actos, que denunció a los patriotas demócratas, y todo lo demás que nunca olvidaremos ni perdonaremos. Sólo hay que esperar los resultados del nuevo esperpento perpetrado en pleno siglo XXI, mientras los ciudadanos de la Unión Europea (excepto irlandeses y polacos) se burlan de nosotros.

Arturo del Villar

Presidente del Colectivo Republicano III Milenio

 
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