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El Diktat del imperio investido como... ”Premio Nobel de La Paz” PDF Imprimir E-Mail
Juan Ramos

  La ONU se ha convertido en el lugar donde la hegemonía unilateral de Estados Unidos ha podido jugar sus mejores bazas. Si el soberano imperial quiere gobernar la globalización, debe, de hecho, privar a  Naciones Unidas de toda capacidad política y jurídica efectiva. Ahora se trata de comprender cuáles están siendo las formas en las que se organiza y mueve todo un Nuevo Orden de crimen y terror.
 obama1.jpg El soberano imperialista, ayer con la familia Bush hoy con el “señor Barack Obama”, está en su papel, como lo estuvo siempre. Las políticas de contención del mundo occidental respecto al “peligro soviético” son ahora releídas en términos de un “roll back” que no tienen nada de abstracto, sino que consisten más bien en la construcción de una imponente red de bases militares en territorios de la ex Unión Soviética, un proceso de infiltración militar antes que ideológica. La coartada en términos de “misión civilizatoria” hacia el “derrotado” campo socialista se vino abajo, las caretas cayeron, nos despertamos con la Cumbre de las Azores y con tres fanáticos sujetos dispuestos a dar caza y captura a todo “terrorista” que se les cruzara por el camino. Las formas había que dejarlas en el trastero…, la penetración imperial de Estados Unidos se presentaba en términos precisos, no equívocos: ahora, con el predicador de Abraham Lincoln en la Casa Blanca es como una gran media luna imperial la que se extiende de Medio Oriente a Corea del Norte, atravesando los territorios ex soviéticos de Asia central, con un ahondamiento austral de bases estratégicas al calor de Filipinas y Australia.
  En estos tiempos políticamente correctos, suele decirse que las críticas a Estados Unidos no hay que interpretarlas como “antiamericanismo”, sino como cuestionamientos a la política de algunos de sus gobernantes, como sucedió especialmente durante el mandato de Bush. Así, el Estado español –y muchos otros pueblos – no sería “antiamericano”, sino enemigo de una política concreta, de la cual la guerra de Irak sería el mejor ejemplo. Con la llegada al poder de Barack Obama, este prejuicio habría desaparecido y se iniciaría una época de entendimiento, de paz, de derechos humanos, de respeto entre culturas... En fin, la gloria bendita.
  Creo, sin embargo, que esta concesión a la corrección política es excesiva, inocente a todas luces, ingenua: las reservas antiamericanas de muchos –entre los cuales me incluyo– no se limitan a rechazar determinadas decisiones políticas del gobierno de Estados Unidos y sus incondicionales lacayos, sino que incluyen el rechazo a una forma de vida, a una determinada jerarquía de valores y a una brutal y genocida carrera por hacerse los dueños del mundo caiga quien caiga. EE.UU. sigue en su empeño político, económico y militar de “barrer” del mapa a cualquier estado o nación que se oponga a sus calculados y mezquinos intereses, estratégicamente hablando.
El prócer mexicano Benito Juárez planteó que “El respeto al derecho ajeno es la paz.” De forma magistral, en ocho palabras, resumió obama_premio.jpgla solución a uno de los problemas cruciales a que se ha visto sometida la humanidad. La convivencia pacífica.
  José Martí, por su parte, en su escrito titulado “La República española ante la Revolución cubana”, planteó, “…sobre cimientos de cadáveres recientes y de ruinas humeantes no se levantan edificios de cordialidad y de paz. No la invoquen los que la hollaron.”

CON LA CIA EN LA TRASTIENDA

  Después de leer estos pensamientos, la justeza de haber otorgado el Premio Nobel de la Paz al actual presidente de Estados Unidos, Barack Obama apesta a sarcasmo. Puede decirse que la nominación para el premio se efectuó cuando aún Obama no había cumplido su primer año como presidente y que, evidentemente, los que lo propusieron no tomaron en consideración aquellas acciones vinculadas a la guerra que en ese corto período de tiempo había desarrollado su administración.
La maniobra para la nominación estuvo dirigida por Madeleine Albright, quien fuera Secretaria de Estado durante la administración Clinton y posteriormente se sumó al equipo de asesores de Obama. La señora Albright, haciendo gala de la prepotencia estadounidense, se dio a la tarea de montar el espectáculo sin tomar en cuenta el lógico razonamiento que podía hacerse sobre lo inmerecido de este galardón.
  Alfred Nobel dejó establecido bien claro que el premio en cuestión se instauró para reconocer a “la personalidad que (en el transcurso del año anterior) haya realizado la mayor o la mejor contribución al acercamiento entre los pueblos, a la supresión o a la reducción de los ejércitos permanentes, a la reunión y a la propagación de los progresos por la paz”. El análisis más simple sobre los requisitos descalifica al señor Obama y lo pone en ridículo.
Para llevar a cabo el “nobelicidio”, la señora se apoyó en su entrañable amigo Thorbjorn Jagland, ex primer ministro de Noruega, con el que mantiene magníficas relaciones desde que él era presidente del “Oslo Center for Peace and Human Rights”. Las relaciones entre ambos personajes se consolidaron cuando Thorbjorn, con el apoyo de Albrigth, negoció un acuerdo con la “National Endowment for Democracy” y el “Oslo Center” que le permitió a esta ONG noruega recibir millones de dólares suministrados por la CIA, que utilizó para esos menesteres una fundación que creó en Minneapolis.
  El “Oslo Center for Peace and Human Rights”, utilizando el financiamiento recibido, se involucró en criminales proyectos de la agencia de espionaje que se llevaron a cabo en Irán, Marruecos y Somalia. En el historial de esta ONG también se encuentra la operación en la que su personal participó en Kenya, donde se registraron más de mil muertos y que, gracias a la intervención de Madeleine Albright, trajo como resultado el nombramiento como primer ministro del país de Raila Odinga. El mencionado Odinga contaba con el apoyo y la profunda amistad de Barack Obama, pues el padre del presidente estadounidense era consejero político de Jaramogi Odinga, padre de Raila. Thorbjorn Jagland, es el presidente del “Comité Nóbel”. Así que... todo queda dicho.
 
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