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Arturo
del Villar
Durante
su estancia en Jordania el conocido como Benedicto XVI ha abogado por
la libertad religiosa como una necesidad humana. Lo dice porque el
catolicismo romano se encuentra en minoría en los países
en donde predomina de una manera absoluta el islamismo. Pero no habla
de las persecuciones que su Iglesia ha organizado durante siglos
contra el islamismo, desde las cruzadas medievales. Las guerras
religiosas que desangraron a Europa estuvieron azuzadas por la
Iglesia de Roma. Ahora el apodado papa reclama para sus creyentes lo
que sus predecesores negaron a los demás.
No
hay ninguna otra institución en toda la historia de la
humanidad más intolerante que la Iglesia romana. Es la que
creó el llamado Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición
para quemar vivos a los disidentes. Es la que elaboró un Index
librorum prohibitorum, vigente hasta 1965, con la relación
de obras literarias, religiosas o científicas que prohibía
leer a sus súbditos bajo pena de muerte, causante del retraso
científico en los países sometidos a su tiranía.
Es la que en 1864 publicó un Syllabus para condenar a
los seguidores de ochenta supuestos errores, entre ellos el
liberalismo y el socialismo. Es que lanza anatemas y excomuniones
contra los que no acatan sumisamente sus dogmas.
Esa
especie de fantasma patético que se presenta vestido de
blanco, en realidad está teñido con la sangre de
millones de víctimas asesinadas por la Iglesia romana, una
institución genocida. Y tiene la desvergüenza de pedir
libertad para sus creencias en los países en donde son
minoritarias. Habría que tratar a sus seguidores de la misma
manera que hizo siempre la Iglesia de Roma con los que consideraba
herejes. El Tribunal Internacional de Justicia debe juzgar por
crímenes contra la humanidad a los seguidores de esta secta.
Como
decía Anatole France, “la Iglesia romana se queja de estar
perseguida cuando no puede perseguir a los demás”. Gran
verdad.
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